M+.- En 2008, Raúl Trejo Delarbre reseñó mi libro Los socios de Elba Esther. Fue generoso con el retrato de la maestra y con la relación que el texto establecía entre la participación en la política electoral del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación (SNTE) y la catástrofe educativa.
Pero formuló una objeción de fondo: según Trejo, mi libro contribuía de manera involuntaria a mitificar el poder de Elba Esther Gordillo. Mi exageración más destacada —sentenció— habría sido atribuirle influencia en el resultado de la elección presidencial de 2006. Y advirtió que no debían magnificarse las capacidades políticas de la maestra.
Dieciocho años después, quien responde no soy yo sino Fernando González Sánchez, yerno de Gordillo, su operador político y subsecretario de Educación Básica con Felipe Calderón. Según adelantó Proceso, en su libro Educación y Poder sostiene que la participación del SNTE como estructura electoral a favor de Calderón fue decisiva en 2006: el PAN tenía una implantación territorial limitada y el magisterio estaba presente en todo el país.
Vale recordar mi argumento. Junto con mi entonces colega del CIDE, Javier Aparicio, analicé las casillas de las secciones que la autoridad marcó como de atención especial. Comparé aquellas donde el secretario fue sustituido por un ciudadano tomado de la fila con aquellas donde no hubo sustitución. Donde ocurrió el reemplazo, el voto por Nueva Alianza —el partido fundado por la maestra— fue casi el doble.
Trejo no desmintió ese dato; lo confirmó con sus propias cuentas: 1.7 votos en promedio sin sustitución, 3.3 donde el secretario salió de la fila. Corrigió además un error de mi libro: la diferencia no era de 49%, sino de 94%. El libro se había quedado corto.
El dato no se presentaba aislado. Según Noé Rivera, antiguo operador electoral de Gordillo y de González Sánchez, la red detectaba las casillas donde históricamente faltaban funcionarios y colocaba en la fila, desde las cuatro de la mañana, a alguien propio para que lo eligieran bajo el principio de «primero en la fila».
La sustitución tampoco era marginal: en 2006 se sustituyó al 17.8 por ciento de los funcionarios de casilla, y en algunos distritos al 34 por ciento. A lo anterior se suma que ahí donde cambió el secretario, López Obrador perdía 20 por ciento respecto del promedio.
La objeción de Trejo fue de magnitud, no de existencia. La diferencia equivalía a 1.6 votos por casilla; sólo en 1,877 de 130,477 casillas el secretario salió de la fila; para explicar los 244 mil votos de ventaja de Calderón, cada uno habría tenido que sumarle unos 130 votos.
Esas cuentas refutan una tesis distinta: que un fraude en las casillas decidió por sí solo la elección. El dato mostraba la huella estadística de operadores vinculados al SNTE dentro de las casillas. No probaba el resultado; probaba que el aparato existía.
Trejo argumentaba también que siete de cada diez maestros reprobaban a Gordillo y difícilmente se dejarían manipular. Pero una estructura electoral no necesita la lealtad de un millón de profesores; le basta una red de operadores bien distribuida.
Hay otra prueba: pocos meses después de publicado el libro, el Congreso aprobó un nuevo Código Federal de Instituciones y Procedimientos Electorales. Su artículo 260 modificó precisamente la regla para sustituir funcionarios con electores de la fila. Puede discutirse cuánto pesó mi argumento, lo indiscutible es que la reforma cerró la puerta por la que entraban los operadores. Las reglas no se cambian para conjurar mitos.
Esa red es justo lo que ahora describe González: una estructura territorial complementaria a la del partido ganador que hizo la diferencia en una elección cerrada. Lo que Trejo consideraba una versión no confirmada tiene hoy corroboración desde dentro.
Hay en esto una ironía. En julio de 2007, en La Crónica, Trejo usó a Fernando González como prueba de que Calderón se sentía en deuda con la maestra: le había entregado una subsecretaría a alguien cuya credencial principal era ser yerno de Gordillo. Para Trejo, esa deuda se fundaba en una lectura equivocada de los resultados. Hoy el beneficiario de aquel nombramiento escribe que correspondía a un servicio real.
González confirma también la alianza: Calderón respetó el liderazgo de Gordillo, incorporó a parte de su equipo al gobierno y compartió con ella un cálculo: impedir el regreso del PRI con Peña Nieto. Y concluye que el poder de la maestra no debe minimizarse: casi una respuesta literal a la advertencia de Trejo.
No pretendo que el testimonio de González cierre la discusión. Es un testigo interesado, y la comparación entre casillas no es una prueba causal. Pero la pregunta de 2008 era otra: si el aparato de Gordillo era real o un mito alimentado por ella misma. El dato decía que era real; ahora lo dice quien estuvo dentro.
El libro añade capítulos que en 2007 no podían escribirse: la detención de la maestra en 2013 y el acuerdo con López Obrador, libertad a cambio de dejar en paz al SNTE.
Sin embargo, cuando Gordillo quedó fuera, el aparato no desapareció: mudó de mando. Alfonso Cepeda Salas asumió la dirigencia del SNTE en noviembre de 2018, selló pronto su alianza con López Obrador y hoy es senador de Morena. El 18 de febrero de 2025 prometió aportar a Morena 5.5 millones de afiliados entre maestros y familiares, la misma cantidad de votos que, dijo, el sindicato había aportado en la elección anterior.
Aunque la ley y los estatutos de Morena prohíben la afiliación corporativa, el jueves 15 de enero de 2026 informó a la entonces presidenta de esta fuerza política, Luisa María Alcalde, que un millón 250 mil agremiados ya estaban afiliados al partido guinda.
Lo que en 2008 se consideraba un mito, hoy lo afirma en público el dirigente del SNTE: que el sindicato entrega votos. Medir cuántos exigirá el mismo rigor que se le pidió a mi libro, pero ya nadie puede sostener que el aparato sea una invención.
Subestimarlo fue un error importante. Esa maquinaria respondió a Carlos Jonguitud, luego a Gordillo y a sus socios en Los Pinos, después a Juan Díaz de la Torre con Peña Nieto, y hoy a Morena. Nunca fue lealtad a una persona.
Trejo advertía contra el riesgo de magnificar el poder de la maestra. El error fue el contrario: creer que ese poder era de ella y que se iría con ella. Era del aparato, y el aparato sigue ahí, al servicio del poder en turno.