M+.- La libertad creativa no es un fin en sí mismo, sino un medio para producir arte, ideas y pensamiento. También puede servir para vender entretenimiento morboso.
Para justificar lo que no es más que una oportunidad de negocio, los productores de la serie Timbiriche han respondido a la tremenda crítica que les ha caído encima con el argumento de un supuesto choque entre dos valores: la libertad creativa y el derecho de las víctimas a proteger su dignidad.
En este caso, la persona revictimizada es Sasha Sokol. La Suprema Corte de Justicia de la Nación le dio la razón al dejar firme la sentencia que declaró a Luis de Llano responsable de haber violentado su dignidad y su integridad física y psicológica cuando ella era menor de edad.
Laura Martínez Rodríguez, activista y fundadora de una organización que acompaña a personas que han vivido violencia sexual, lo planteó desde 2022 en términos exactos: una relación entre un adulto y una menor implica un desequilibrio que puede constituir abuso de poder o violencia sexual, y la responsabilidad recae enteramente en el adulto. Martínez Rodríguez rechazó también que el abuso se justifique con el argumento de que “así eran las cosas” o de que “las niñas buscan a los hombres”.
Los capítulos de la serie que ya salieron al aire hacen exactamente lo que señaló la activista. Presentan a Sasha Sokol como una menor que, con apenas catorce años, habría buscado seducir a un adulto. Él, mansamente, se habría dejado llevar por la pasión de un romance que la sociedad juzgó equivocado.
El cinismo de la producción llega al extremo cuando, al final de cada capítulo, invita al público a visitar la página web de la Asociación para el Desarrollo Integral de Personas Violadas, A. C. Esa organización fue fundada, nada más y nada menos que por Laura Martínez Rodríguez.
Afirma el productor Pablo Cruz que la serie está inspirada en hechos reales y en información pública. ¿A qué hechos reales se refiere? En un comunicado firmado por seis exintegrantes de Timbiriche, Sasha Sokol incluida, se aclara que nadie los consultó ni autorizaron que sus vidas fueran interpretadas o ficcionadas.
Cruz replicó que no teme enfrentar problemas legales. Quizá no los tenga, aunque eso está por verse; del dilema ético, en cambio, no escapa.
“Nada de la víctima sin la víctima” es el principio básico para abordar un abuso tan grave como el que cometió Luis de Llano, un adulto de casi cuarenta años, contra una adolescente de catorce.
¿Por qué la producción no mostró interés alguno en lo que Sasha Sokol tenía que decir? ¿Habría perdido su negocio morbo o rentabilidad? ¿O se habría extraviado la oportunidad de seguir alimentando la complicidad machista que insiste en que “antes así eran las cosas”?
El punto más bajo llega cuando la serie alterna a las dos actrices que interpretan a Sasha Sokol: Cleo Buscaglia y Macarena García.
Para maquillar la repulsión que provoca ver en pantalla a Luis de Llano seducir a una niña, el día en que Sasha cumple quince años, la producción no sentó al adulto frente a Buscaglia, quien interpreta a la cantante en la edad en que ocurrió el abuso. Lo sentó frente a Macarena García, que tiene veinticinco.
¿Cómo habría reaccionado el público si Osvaldo Benavides, quien interpreta a Luis De Llano, hubiera aparecido con el torso desnudo en la misma cama, no con Macarena García, sino con Cleo Buscaglia?
La producción hizo trampa deliberadamente para atenuar la repulsión evidente que provoca esa escena.
Según las redes, la serie ha tenido gran éxito: prueba de que los bodrios precedidos por un buen marketing pueden salvarse del oprobio.
Timbiriche fue un fenómeno que no merecía que un pirata produjera su serie. Es una lástima que su historia haya caído en manos tan miserables.
A la mala trama se suma una larga lista de problemas: pésima dirección, iluminación y fotografía. Si en algo recuerda a los años ochenta, es porque parece producida por los hermanos Almada.
Timbiriche debería servir de llamada de atención para quienes trabajamos en la industria audiovisual sobre el trato que se da al dolor de las víctimas. Quienes han vivido una experiencia tan traumática como la de Sasha no pueden ser tratadas como un mero objeto al servicio del negocio del entretenimiento. De lo contrario, como sucede con esta serie, se termina siendo cómplice de la violencia que supuestamente quería denunciarse.