“La familia pequeña vive mejor”, rezaba la propaganda gubernamental, mientras yo me preguntaba por qué mis padres habían decidido tener cinco hijos (la sexta llegaría tiempo después). Con apenas seis años, yo era el mayor de una prole que debía acomodar la contradicción entre el discurso público y el privado.
La estadística, en cambio, normalizaba la situación de casa: en 1974 el promedio de hijos por mujer rondaba los 6.5. Parecía un mundo, pero entonces la población mexicana apenas superaba los 55 millones de habitantes. A cada persona nos habría correspondido unos 35 mil metros cuadrados de territorio. Medio siglo después, el espacio se achicó: hoy nos tocarían unos 15 mil metros por piocha. Pasamos de tres hectáreas y media a solo una y media.
Otras cosas han cambiado en estos cincuenta años: somos más urbanos, hay menos televisores en las casas, son más las familias cuyo padre duerme bajo otro techo, recurrimos más a la motocicleta, dependemos del celular, los suicidios han aumentado y las mesas tienen más alimento.
¡Cuánto aporta la demografía a la crónica de nuestras vidas! Esta semana el Inegi entregó los resultados del censo intermedio levantado en 2025, “la intercensal”, como la llaman coloquialmente los especialistas.
Me he bebido los análisis de legos y expertos sobre unos números que en la superficie aportan poca novedad: la población perdió inercia en su crecimiento; las mujeres de hoy tienen menos de dos hijos (1.6, en realidad); los niños de 0 a 4 años comienzan a ser una especie en extinción y crece el número de cabelleras blancas.
Sin embargo, apenas se echa uno a nadar en ese mar de datos, aparece un cardumen abusivo de curiosidades. Presento solo algunas viñetas de lo que más me llamó la atención, no por la importancia que podrían darle demógrafos, sociólogos o economistas, sino por el mero disfrute del observador.
Primera viñeta: la cubeta junto al excusado. En 2025, en una de cada cinco viviendas con sanitario, el contenido de la taza se desalojaba a mano, con un cubetazo de agua que luego había que volver a llenar. Son cerca de ocho millones de hogares.
Vuela la cabeza este sistema arcaico en un país donde 97.6 por ciento de las casas tiene agua entubada. Una cosa es estar conectado a la tubería y otra muy distinta que el líquido fluya de manera constante.
La cubeta es la evidencia de que hay horas y días en que el agua no llega. Lo corrobora la multiplicación de tinacos en las azoteas y de bombas de agua, cuya presencia en los hogares también ha crecido al ritmo de un servicio público deficiente. El caso más ingrato es Morelos, donde ocho de cada diez hogares reportaban en 2022 no recibir agua todos los días.
Segunda viñeta: fuera de esas casas hay más motocicletas. Hoy ruedan por el país casi 9 millones; en 2014 eran apenas 2.2 millones. Al parecer, la gente prefiere subirse a este vehículo de dos ruedas antes que al transporte público: mientras el uso de la moto para ir al trabajo casi se duplicó, el del transporte público cayó cerca de nueve puntos en una década. Mientras tanto, los accidentes en motocicleta se han vuelto una epidemia: en 2025 se contabilizaron 95 mil 937, 11.4 por ciento más que el año anterior.
En algo se parecen la cubeta y la motocicleta: ambas pegan de gritos sobre el fracaso de los servicios públicos. Pero no todo lo público trae malas noticias.
Tercera viñeta: las transferencias sociales. Hasta hace pocos años, las personas dependían de su red familiar para sobrellevar carencias. Eso ha cambiado. En una década, el número de hogares que recibe algún programa de gobierno prácticamente se duplicó, mientras que el peso relativo de las remesas se contrajo y los apoyos entre parientes que viven en otra casa sufrieron un recorte considerable.
La intercensal exhibe una realidad: el agua no llega, el transporte público tampoco, pero sí lo hacen la pensión para adultos mayores, las becas para estudiantes y demás programas del bienestar. ¿En qué gastan las personas beneficiarias esos dineros? La encuesta no lo dice, pero no sería extraño que una parte terminara en tinacos, bombas de agua y motocicletas.
Cuarta viñeta: el hambre retrocede, pero no se ha ido. La intercensal preguntó si en los tres meses previos alguien en casa había comido menos por falta de dinero. En 7.2 millones de hogares, casi uno de cada cinco, algún adulto tuvo que restringir su alimentación; en 31 por ciento de ellos, alguien sintió hambre y no comió. Y en unos 730 mil hogares, un niño o adolescente se fue a dormir con hambre. Aun así, según la FAO, la proporción de mexicanos en inseguridad alimentaria moderada o grave se redujo, pasó de 24.9 por ciento en 2014-2016 a 16.5 por ciento en 2023.-2025. En una década, 8.6 millones de personas dejaron atrás esa condición.
Quinta viñeta: nuestra relación con los aparatos. Tomemos como punto de partida el censo de 2000. Al cambio de siglo, 84.8 por ciento de las viviendas tenía al menos un radio; en 2020 la cifra había bajado a 67.6 y en 2025 a 54 por ciento. Aunque la radio no desaparece: se muda al automóvil y al teléfono.
La televisión rebotó contra su techo cuando, entre 2010 y 2020, más de 91 por ciento de los hogares llegó a tener una pantalla. Hoy la cifra es de 89.5 por ciento y la tendencia es a la baja.
Contrastan estos datos con la cobertura de internet, que entre 2010 y 2025 pasó de 21.3 a 75.7 por ciento, y con el celular, que en el mismo periodo saltó de 65.1 a 94.5 por ciento. Este último es el gran ganador del ecosistema.
Una historia curiosa la cuenta la computadora: en 2015, 32.6 por ciento de los hogares tenía una; diez años después, la cifra apenas llegó a 39.3 por ciento. En toda una década creció menos de siete puntos.
Esto implica que el celular llegó antes que la computadora como puerta de entrada al universo digital. La comparación con otros países es elocuente: en España, 83.8 por ciento de los hogares tiene una computadora. En Japón y Corea llegaron a superar el 80 por ciento hace una década. Mientras allá la computadora juega un papel relevante, aquí nunca terminó de llegar. Debe decirse que la relación con el mundo digital es muy distinta cuando ocurre desde la pantalla de un celular que desde una computadora.
Así podríamos, y deberíamos, seguir contando historias de nuestro presente a partir de los datos de la intercensal. Pero aquí me detengo, por este sábado, y hasta la próxima entrega.