Indigenistas de sololoy

Ciudad de México /
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M+.- Nada revela mejor el falso indigenismo del nuevo partido de Estado que el libro Grandeza, acuñado por el fundador de Morena, López Obrador. Lo que pretende ser una reivindicación de nuestros pueblos prehispánicos es en realidad, además de una hagiografía reduccionista e insustancial, un referendo involuntario de los valores ladinos, blancos y cristianos que trajeron los conquistadores: entre sus postulados principales está el que nunca fueron práctica común los sacrificios humanos, la antropofagia y otras muy documentadas conductas propias de la cosmovisión prehispánica, sino que son inventos de los invasores, leyendas negras forjadas por los evangelizadores para satanizar las creencias de unos nativos que, en realidad, eran como el niño Tizoc: puros, buenos y nobles, caballerosos con los hombres, galantes con las mujeres, tiernos con los niños e implacables con los malvados.

La gran paradoja aquí es que lo que en verdad está defendiendo el mamotreto es una axiología pura y duramente europea, una que, por reprobarlo, reescribe y reinventa el complejo universo prehispánico que para los vasallos de los reyes que se hacían llamar católicos era visto como sangriento, pagano y salvaje. Porque hacer pozole de tlaxcalteca —“maíz de hombre”, como le decían— no era para los aztecas, en modo alguno, algo pecaminoso o lesivo: era, pura y simplemente, una manera de honrar a sus dioses, de afirmar a su casta guerrera y de reconocer el valor y la fuerza vital de sus enemigos. Quienes asumían estos ritos como costumbres demoníacas y ofensivas eran los españoles, pero no los indígenas.

Este segundo sexenio del proyecto del expresidente vitalicio insiste en usar esas mismas caricaturas ignorantes y reduccionistas del mundo precolonial como su avatar mercadotécnico, como yesca para sus posturas xenofóbicas y aislacionistas: en el 2020, con bombo y platillo, retiraron la estatua de Colón, la que estaba sobre Reforma en la glorieta homónima. Al año siguiente le cambiaron el nombre a la plaza donde agoniza el árbol de la Noche Triste por la “de la Noche Victoriosa”, y el Puente de Alvarado pasó a ser Calzada México-Tenochtitlán. En 2023, sobre la antes glorieta de Colón, erigieron una efigie horrorosa, parvularia y enclenque en su estética, representando, según ellos, a “la mujer indígena”. Y en días pasados la Presidenta decidió que el Paso de Cortés, el sitio entre los volcanes desde donde el conquistador vio por primera vez a la magnífica Tenochtitlán, ahora se llame el Paso de los Pueblos Indígenas.

Muy bonito todo. El problema es que una cosa es el discurso y otra los hechos. En estos, los programas en beneficio de nuestros pueblos originarios son inexistentes o inoperantes y, encima, el presupuesto federal destinado a mejorarles la calidad de vida fue recortado en casi 3 mil millones de pesos nomás en lo que va de este año. Tal parece que toda esa reverencia de saliva, toda la admiración decantada en clichés y blusas bordadas cuando ruedan las cámaras y los micrófonos, no tiene el menor interés en paliar la pobreza y el abandono en el que están nuestros indígenas.


  • Roberta Garza
  • Es psicóloga, fue maestra de Literatura en el Instituto Tecnológico de Monterrey y editora en jefe del grupo Milenio (Milenio Monterrey y Milenio Semanal). Fundó la revista Replicante y ha colaborado con diversos artículos periodísticos en la revista Nexos y Milenio Diario con su columna Artículo mortis
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