El jueves pasado Mario Delgado, nuestro secretario de Educación, anunció a botepronto que las escuelas cerrarían el próximo 5 de junio, en lugar del 15 de julio antes en el calendario. El motivo: el inicio del Mundial de futbol y la ola de calor.
Nada de eso hace sentido. En parte porque las condiciones domésticas de muchos niños mexicanos no son mejores, si no es que son peores, que las de sus planteles escolares; en parte porque esos calores extremos ya llevan años asolando al país, y en parte porque, a menos que los saberes ancestrales de los pueblos originarios, tan cercanos a la T4, sepan algo que la meteorología moderna ignora, es muy difícil predecir cuáles serán las condiciones climatológicas precisas del mes que viene.
Como es de esperarse cuando nuestros gobernantes toman decisiones que se sacan del duodeno sin detenerse a ponderar las consecuencias, en este caso, para 32 y pico millones de alumnos y de sus familias, el alud de protestas no tardó en llegar. La Presidenta, que, como en tantas otras ocasiones, parece que no fue notificada con antelación, ya salió a ponerle a Delgado un diplomático estate quieto, y lo esperado hubiera sido que éste diera una discreta marcha atrás y sanseacabó. Vayan a creer: Delgado, luego de afirmar que el acuerdo había sido unánime entre las secretarías estatales, admitió que ni los padres ni los maestros fueron notificados y, magnánimo como es, anunció que convocaría a los omitidos a reuniones esta misma semana.
Ayer lunes, en la primera, el secretario colocó la cereza en ese pastel de boñiga en que el gobierno humanista ha convertido nuestras instituciones, las educativas antes que ninguna otra: para justificar su decisión original argumentó que eso de ceñirse a un calendario es propio de tecnócratas que no toman en cuenta el aprendizaje real, y que el cierre no afectará el desempeño de los alumnos porque “después del 15 de junio se cae en un periodo que se aprovecha para la descarga administrativa hasta mediados de julio. Se mantienen las aulas abiertas sin un propósito pedagógico, sólo por cumplir un conteo”, dijo.
No paró allí: reconoció que el cierre anticipado podría ser una carga para las familias que, lo sabemos, recae mayoritariamente en las mujeres. Unas mujeres más desamparadas que nunca desde que López mató el programa de guarderías infantiles y otros apoyos vitales para las madres vulnerables. Y, sentenció, las escuelas “no deben funcionar como espacio de resguardo por conveniencia del mercado laboral”, que en traducción del morenés al español quiere decir que la productividad se puede ir al carajo, que los padres le hagan como puedan para cuidar de sus hijos y a la vez poner comida sobre la mesa, y que los niños encojan sus sueños gracias a un desarrollo y unas habilidades abortadas en aras de lo que de verdad importa: que nuestros amados líderes puedan ver el futbol en sus casas con clima, botana y nanas sin ser molestados.
Ayer el secretario anunció que el calendario queda como estaba, que el ciclo escolar terminará el 15 de julio. Lo que debía haber anunciado es su renuncia, pero en Morena eso es lo que hay.