Las elecciones intermedias en Estados Unidos solían ser aburridas. Poca afluencia de votantes, donde generalmente ganaba el candidato y el partido que ya estaba en la silla —a menos que hubiera sido ventilado en alguna movida pesada— y, en general, una sensación de que el mundo amanecería exactamente igual después de las elecciones.
No más. Ha muerto ese country over party, es decir, el país sobre el partido, donde las diferencias ideológicas rara vez se volvían sectarias y donde el bien común era el objetivo último de la clase política. Los pleitos, que podían ser muchos y muy encendidos, versaban sobre los cómos —políticas fiscales universales o estratificadas; un gobierno pequeño o grandote; inversión en infraestructura o en seguridad social— más que sobre los qués: la construcción de un país próspero, libre, alineado con los valores europeos, occidentales y, sobre todo, democráticos, donde la voz del ciudadano expresada en las urnas era la voz de Dios. La defenestración de Nixon en 1972 fue posible porque los legisladores de su propio partido, ante unas transgresiones que hoy matarían de carcajadas hasta a los más verdes becarios, se unieron a la oposición para advertirle al presidente con toda claridad que era tiempo de marcharse. Los republicanos de hoy, en vez, operan enteramente del lado oscuro de la fuerza, traicionando los valores que sostuvieron el experimento americano por 250 años al servirle de cómplices sumisos a quien ha elegido una y otra vez apuntalar a los peores autócratas, a los más sanguinarios y corruptos, a los enemigos históricos de su país.
Aunque a muchos afortunados no les pese en sus vidas cotidianas, el nuevo orden mundial inaugurado por Trump es muy real, y los daños que su gestión le ha causado a la república y al planeta tardarán años en sanar. Pero sus alcances siguen siendo limitados: un poder judicial independiente aún sostiene la agonizante llama del sueño americano, y en menor medida al mango de ese garrote libertario que Washington, para bien o para mal, le impuso al mundo luego de la Segunda Gran Guerra. Si, como predicen las encuestas, su partido pierde ambas cámaras, el dique añadido del legislativo servirá para dejarlo, como dicen acá, como un pato cojo, con un rango de acción significativamente acotado y con la posibilidad muy real de que se le finque un nuevo impeachment, o juicio político o de destitución. ¿Por cuáles cargos? Pues el que les guste de entre la tómbola.
Si esperan ya bajarse de este infernal tren, lamento decirles que un presidente que intentó tomar el Capitolio por la fuerza cuando los votos no le favorecieron, que ha vendido a la Casa Blanca al mayor postor y que se dedica a atizar el odio no se va a ir por las buenas. Gane o pierda, envalentonado o arrinconado, le quedan dos años para quemar las instituciones que siguen en pie.
Los Estados Unidos no volverá a ser igual cuando, tarde o temprano, se evapore el azufre del mundo MAGA. Espero y creo que lo que salga de entre las cenizas sea una mejor versión de sí mismo. Y le ruego a todos los dioses para que las elecciones vuelvan a ser aburridas.