“Banks of the Trinity”: volver a ser niños

  • El ADN del Country
  • Rox Herrera

Monterrey /
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Hace poco llegó a mi vida un niño de nueve años. No voy a explicar por qué nuestros caminos se cruzaron, porque en realidad esta historia no es sobre él. Es sobre algo que, sin proponérselo, comenzó a sucederme a mí desde que lo conocí. Entre las primeras cosas que descubrí sobre él estuvo su artista favorito: Cody Johnson. Y me pareció maravilloso. Porque cuando un niño de nueve años te dice quién es su cantante favorito, no te habla de números, charts, reproducciones, premios ni tendencias.

Simplemente te dice: “Me gusta.” Y punto. ¡Qué libertad! Y al instante pensé en “Banks of the Trinity”, la canción que da nombre al más reciente álbum de Cody Johnson, encontré el ADN perfecto para contar lo que últimamente he estado recordando: qué diferente se veía la vida cuando éramos niños.

Cody Johnson nació y creció en Texas. Mucho antes de los grandes escenarios y los premios hubo un niño creciendo en Sebastopol, una pequeña comunidad junto al Trinity River. Ese niño pescaba, recorría los bosques y andaba en bicicleta por caminos de tierra.

Pero para su último álbum, en lugar de preguntarse hacia dónde quería ir… volteó hacia dónde había comenzado. En este álbum quiso contar la historia de su infancia; “Banks of the Trinity” no la escribió él. Fue compuesta por Rodney Clawson, Chris Tompkins y Josh Kear. Pero cuando Cody la escuchó por primera vez se reconoció dentro de esa historia.

Dijo que inmediatamente apareció en su cabeza una especie de fotografía. Hay una historia de Cody relacionada con este disco que me encanta. Cuando era niño recorría aproximadamente dos millas en bicicleta por un viejo camino de tierra hasta llegar a Lawrence’s Grocery Store, en Sebastopol. ¿Para qué semejante expedición? Una cream soda. Y una barra de helado Blue Bell. Eso era todo. Llegaba a la tienda, compraba aquello, se quedaba un rato escuchando conversar a los señores mayores del pueblo y después emprendía el camino de regreso con una canasta de víveres. Y ahí entendí lo que realmente quería escribir en esta columna. Todos tenemos nuestro Trinity River. Puede ser la banqueta donde jugábamos. La casa de nuestros abuelos. El olor de algún desayuno. Una canción que no escuchábamos desde hace 20 años.

En estos días alguien de nueve años me ha recordado que todavía puedo sorprenderme. Que puedo escuchar una historia sin pensar inmediatamente en lo que sigue. Que puedo emocionarme por una canción. Que un plan sencillo puede ser un gran plan. Quizá algún día ese niño crecerá. Tendrá trabajo.

Pendientes. Responsabilidades. Decisiones difíciles. Probablemente, descubrirá que la vida es bastante más complicada de lo que parece a los nueve años. Yo no puedo evitar que eso suceda.

Mientras tanto… curiosamente, él está haciendo algo por mí. Me está recordando cómo era antes de que me sucediera a mí.

Tal vez crecer nunca significó dejar atrás al niño que fuimos, simplemente olvidamos dónde lo habíamos dejado. Y a veces tenemos mucha suerte porque aparece alguien pequeño en nuestro camino… y nos lo recuerda.



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