Bienvenidos, lectores, en esta columna del ADN del Country me voy a poner un poco reflexiva. Y es que todos a lo largo de nuestras vidas nos hemos topado con alguna persona que vemos a diario por nuestros trayectos, esa persona que está en un semáforo, afuera de una tienda, en alguna esquina. Pasamos junto a ellas. A veces damos una moneda. A veces volteamos hacia otro lado. A veces cerramos el vidrio.
Y muchas veces, sin siquiera conocerlas, hacemos algo todavía peor: inventamos su historia. “Seguro tomó malas decisiones”. “Seguro tiene algún vicio”. Porque a veces es mucho más fácil juzgar una vida cuando no conocemos absolutamente nada de ellos.
Riley Green también pasaba constantemente junto a un hombre sin hogar en una esquina de Nashville. Y un día se hizo una pregunta que terminaría convirtiéndose en una de las canciones más conmovedoras que ha escrito: ¿Qué tuvo que pasarle a alguien para terminar ahí? De esa pregunta nació “Jesus saves”. Riley Green pertenece a una generación que ha ayudado a devolverle al country contemporáneo cierta sencillez que parecía haberse perdido: guitarra, historias cotidianas, raíces sureñas y letras que podrían haber sido conversaciones escuchadas en cualquier pueblo de Alabama.
Su carrera ya incluye reconocimientos de ACM y CMA y varios sencillos multiplatino, sin embargo, Riley sigue escribiendo sobre gente común. Y precisamente con “Jesus saves” no intenta construir un personaje heroico. Construye un ser humano.
Y eso me hace pensar que esta canción no habla realmente de un vagabundo, sino de nosotros mismos. Riley construyó al personaje acumulando golpes. Su padre abandona a la familia. Su madre muere de cáncer. Su país lo manda a la guerra y regresa devastado. Pierde su empleo, deja de recibir ciertos apoyos.
Viaja buscando algún lugar donde empezar de nuevo. Pierde a su hermano en un accidente. Después intenta formar una familia con su esposa y tampoco lo logra. Múltiples pérdidas. Hasta que de manera eventual encontramos al hombre exactamente donde comenzó nuestra canción: en una esquina, sosteniendo un cartel.
Y ahí aparece la frase que contiene el ADN de esta canción. El hombre explica que sostiene un cartón en el que escribe solamente: “Jesus saves”, porque no habría manera de poner toda su historia en él.
No hace falta vivir en la calle para entenderlo. Todos hemos conocido a alguien que parece distante y no sabemos que está atravesando un duelo. Alguien que llega de mal humor al trabajo y no sabemos qué ocurrió esa mañana en su casa. Alguien que perdió un empleo. Alguien preocupado por dinero. Alguien intentando reconstruirse después de una separación. Alguien sentado frente a nosotros sonriendo mientras libra una batalla que jamás ha contado. Todos cargamos historias que no caben en un letrero.
Y con esta canción entendemos que la empatía no consiste en “sentir exactamente lo que el otro vive”, sino en aceptar que “no conocemos toda su historia”. A lo mejor esas seis palabras sean suficientes para cambiar la manera en que tratamos a alguien. Algo que me parece todavía más maravilloso. Riley se detiene a escuchar al indigente. No resuelve su vida. Y el hombre le agradece porque casi nadie se toma el tiempo.
Y ahí está la lección, creemos que para ayudar tenemos que solucionar el problema completo, que olvidamos el poder de algo muchísimo más sencillo: mirar a alguien, preguntar, escuchar, reconocer su existencia. Porque quizá no podemos cargar todas las batallas del otro. Pero sí podemos evitar convertirnos en una más.
Y regresando al cartón de aquel hombre resulta inevitable preguntarse: ¿Qué le queda si ha perdido todo? La fe.
Y entonces esas dos palabras que parecían solamente un mensaje escrito sobre cartón... terminan significando muchísimo más: “Jesus saves”. “Jesús salva”. No significa que quien tiene fe queda exento de tragedias.
Sino que incluso después de atravesar cosas capaces de quitarnos casi todo… todavía puede existir algo a lo cual aferrarnos. Tal vez mañana volvamos a encontrarnos con alguien sosteniendo un letrero. Quizá no sea un indigente. Tal vez sea el compañero de trabajo que nunca habla.
El mesero que se equivocó con nuestra orden o incluso alguien de nuestra propia familia cuyo comportamiento no entendemos. Así que antes de juzgar… recordemos aquel pedazo de cartón.
Porque detrás de cada persona existe una historia que no cabe en un pedazo de cartón. Seamos un poco más pacientes. Un poco más amables. Y cuando no exista cartón suficiente para explicar todo lo que has cargado… Tal vez te sirvan esas dos palabras: “Jesus saves”.