La mañana del 16 de octubre de 1793, María Antonieta de Austria caminó hacia la guillotina con la carga doble de su ejecución inminente y el estigma histórico de la frivolidad fiscal implícita en el alias de Madame Déficit. Su caída representó el quiebre absoluto de un modelo económico sordo a las necesidades de sus súbditos, incapaz de proveer incentivos a la menguante base social de la monarquía.
Doscientos treinta y tres años después, algunas economías, como la mexicana, desarrollan una fórmula opuesta, incluyente de aumentos productivos con redistribución. “En economía vamos bien (...) hay crecimiento, distribución de la riqueza y reducción de la pobreza”. Las palabras de la presidenta Claudia Sheinbaum describen un rumbo financiero nacional, en una métrica que sitúa al país en condiciones superiores a los estándares de la Cepal.
El fundamento se halla en las aportaciones sobre estabilización macroeconómica de Robert Hall y Michael Woodford, premiados con el Nobel de Economía 2026.
La mirada económica convencional suele diseccionar el bienestar nacional desde las grandes variables, ignorando aspectos cotidianos. Hall, el economista y profesor de la Universidad de Stanford, demostró que el consumo de los individuos racionales reacciona a la certidumbre sobre sus ingresos permanentes en el largo plazo, asumiendo un piso mínimo de estabilidad sostenido por el Estado.
En el contexto nacional, las políticas de transferencias directas operan con esta lógica conductual, transformando subsidios volátiles en derechos constitucionales predecibles. Al garantizar recursos fijos a sectores históricamente vulnerables, el gobierno ancla las expectativas de consumo e inyecta dinamismo a mercados locales.
El complemento está en las teorías de Woodford, macroeconomista catedrático en la Universidad de Columbia. Determinó cómo la comunicación de autoridades y el control de expectativas inflacionarias son más efectivos para la estabilidad general que las manipulaciones monetarias drásticas.
Los indicadores respaldan este enfoque. Durante el segundo trimestre del año, el PIB creció 1.4% por encima del promedio de países miembros de la OCDE, lo cual ubica a México en el sexto lugar global en ritmo de expansión económica, por debajo de Irlanda, Israel, Eslovenia, Suiza, Lituania y Suecia.
La Ciudad de México ilustra el círculo virtuoso entre redistribución del ingreso, seguridad ciudadana —con una disminución de 19% en delitos de alto impacto en dos años— y desarrollo de infraestructura pública. Una frase de López Obrador, recordada ayer por la mandataria local, Clara Brugada, dimensiona esa necesaria sensatez, relativa al poder en beneficio del conjunto societal.
La paradoja de la Francia del siglo XVI, aquella de la acumulación suntuosa en la cúpula y desabasto en las calles, encuentra su némesis en un ecosistema productivo cuya fortaleza incluye a la base social del cambio de régimen.