Bad Bunny contra los fans… del prejuicio

Ciudad de México /

Una vez que la euforia de aplaudidores y detractores del espectáculo del medio tiempo del Super Bowl parece menguar, atraídos por alguna nueva ola de polémicas en redes, es hora de revisar el elitismo y anacronismo de algunos sectores de la sociedad.

Como cualquier año, el espectáculo de medio tiempo del Super Bowl se vuelve un tema para dividir opiniones. La primera segmentación se da entre los aficionados al deporte que les gusta ufanarse de aprovechar el tiempo de dicho espectáculo “para ir al baño”, diferenciándose de esta manera como “verdaderos seguidores del deporte” y no parte del fandom de algún cantante o grupo. Fandom deportivo, pues.

Y como es tradición más evidente desde que las redes sociales se tornaron la trinchera de expresión de un gran sector de la población, las opiniones a favor y en contra surgen al término del show. Los que les gustó, los que no o los que evocan algún show anterior que consideran mejor. Pero este año no solo fue el intercambio de memes. Se volvió una verdadera batalla cultural en la que solo existían dos bandos: los que pontificaron sobre el medio tiempo y quienes renegaban de su esencia latina.

Si, porque lo que vimos en el espectáculo de medio tiempo no fue otra cosa que nuestra identidad en poco más de 10 minutos. Sí, claro, la parte latina del barrio, esa que nos cuesta admitir especialmente en los sectores donde se comenta con orgullo el no ser identificado como latino en países anglos o caucásicos.

De entrada, el origen del reguetón suele situarse en los barrios marginales de Puerto Rico. Pero como señala Rodney Sebastián Clark Donalds, exproductor y locutor conocido como El Chombo, citado por BBC, “el ADN del reguetón puertorriqueño viene de Panamá".

Hoy en día, el género se ha universalizado a través de artistas que han logrado salir de la marginación social y lucir en escenarios internacionales. Y al parecer esa parte avergüenza a unos cuantos. Se han interiorizado los estereotipos estigmatizantes asociados al barrio. La vestimenta como sinónimo de mal gusto, la criminalización de la pobreza y el miedo a que estos limiten el acceso a esferas socioculturales deseables.

Y esto abarca incluso a algunos de los que se mostraban complacidos por el espectáculo y su mensaje. El deber de aclarar “si bien no soy fan” parecía un afán de deslindarse de cualquier presunción de no poseer un juicio de gusto estético refinado y elitista. Como si la cultura urbana no existiese, ajenos a que precisamente ahí es donde la evolución de las identidades de los diferentes grupos sociales se manifiesta y, sobre todo, evoluciona. No hay nada punitivo incluso en ser fandom declarado, salvo los prejuicios.

Similar ocurre con el prejuicio hacia los acentos. Querer estigmatizar diciendo que “ni los que hablamos español le entendemos” es sumarnos al clasismo de negar la coexistencia de acentos y que todos forman parte del español, pues somos diversos. Así como todos somos América, como enunciara la dominicana estadunidense Julia Álvarez, incluso aquellos que nos incomodan: “So, hit it maestro! Give us that Latin beat, ¡Uno-dos-tres! One-two-three! Ay sí (y bilingually): Yo también soy América”.


  • Sarai Aguilar Arriozola
  • Doctora en Educación, máster en artes, especialidad en difusión cultural
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