D4vd y la impunidad del éxito

Ciudad de México /

En el metaverso de la GenZ donde la vida transcurre en reels y la tristeza se monetiza en selfies, donde medio rostro se asoma lloroso en una imagen borrosa al ritmo de rhythm and blues, el nombre de D4vd o David Anthony Burke encarnaba el sentimiento auténtico.

Pero hoy, tras las rejas de una celda en Los Ángeles, su voz no canta al desamor. No hay tiktoks posibles, sino que la única transmisión en tiempo real posible es la de la acusación en su contra por asesinar a una niña de 14 años, Celeste Rivas Hernández, para ocultar el abuso que venia cometiendo al haberse relacionado íntimamente con ella y evitar así el “daño a su carrera”, aunque ello implicara acabar con la vida de la menor.

Pero, por más indignante que este crimen pueda parecer, en esta ocasión bien vale la pena que se reflexione sobre causas y factores periféricos a este hecho y no abaratar el coste limitándolo a un evento aislado de un hombre desquiciado.

Y es que todos le fallaron a Celeste, desde que se ha normalizado la adultización de las infancias con tal indiferencia que, cuando un artista de 21 años acecha a una niña que apenas deja la primaria, se prefiere llamarlo "romance" antes que identificarlo por su nombre real: grooming y depredación.

Aquí la realidad social devuelve una imagen incómoda: el crimen de D4vd es el final sangriento de un camino que muchas otras figuras públicas avanzan protegidas por el blindaje de "lo legal". Lo vemos en el patrón sistemático de Leonardo DiCaprio y su límite de los 25 años, o en el recuerdo de un Jerry Seinfeld saliendo con una joven de 17 cuando él ya era un hombre de casi 40.

Relaciones que se mueven en la frontera de la ley, pero que son reforzadas por la misma estructura: la validación y reconocimiento del hombre a través de la conquista de la juventud como éxito de vida. Cuando el poder, el dinero y la fama se usan para caminar por las fronteras de lo legal y lo legítimo respecto con la minoría de edad, no estamos ante "amor", sino ante una asimetría de poder que la cultura patriarcal abandera como un logro de virilidad.

Si D4vd fuera una mujer, el juicio social ya habría dictado sentencia desde la moral y el escarnio, tachándola de "monstruo". Pero al ser hombre, hay quien busca matices en la "toxicidad de la fama", o en buscar responsabilizar a la misma víctima.

Mató para "silenciar", dicen. Mató para proteger una carrera, como si el éxito exigiera sacrificios en una hoguera de la impunidad corporativa.

Mientras se siga romantizando el control y permitiendo que la industria sea el refugio de depredadores con buena voz o engagement en las redes, las únicas perjudicadas serán las infancias que terminan atrapadas por el resplandor de depredadores con caretas de estrellas.


  • Sarai Aguilar Arriozola
  • Doctora en Educación, máster en artes, especialidad en difusión cultural
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