Del Mundial, Italia y el eco de Versalles

Ciudad de México /

Hagamos guerra donde no hay guerra. Esto parece ser el objetivo de los líderes políticos mundiales a últimas fechas. Al parecer, el mundo actual está empeñado en convertir cada espacio en una contienda y, claro, el deporte no podía ser la excepción.

Y qué mejor oportunidad, dijeron los hombres poderosos en el mapa geopolítico actual, que convertir el Mundial de futbol en un campo de batalla y lanzar supuestas propuestas que más bien parecen llamados a la acción bélica.

Y una de estas ideas fue la que propuso Paolo Zampolli, cercano al entorno de Donald Trump. Zampolli hizo un llamado a intercambiar a la selección de Irán (en guerra con Estados Unidos) por la de Italia (que no pasó la eliminatoria) para la justa de 2026, bajo el argumento de un castigo diplomático. Y si bien para algunos hinchas de la squadra azzurra esto podría haber parecido un alivio, la gran mayoría lo vio sólo como una ocurrencia. Una ocurrencia que sólo refleja cómo en el nuevo orden global no existe el mérito, ni siquiera en el ámbito deportivo que es competitivo por naturaleza propia y, donde el reconocimiento queda ligado a intereses ajenos al deporte y vinculados a los bloques de poder.

Lo que estaba detrás era la intención del gobierno de Estados Unidos de congraciarse –a través de un emisario que poco tenía de espontáneo– con la primera ministra Georgia Meloni, con el fin de reparar la relación diplomática tras las tensiones generadas por las críticas del republicano al Papa. Sin embargo, al parecer el remedio fue peor que la enfermedad, pues la postura de Italia fue un ejercicio de dignidad: el gobierno y sus autoridades deportivas rechazaron la oferta de tajo, calificándola de "vergonzosa" e "inapropiada", bajo la premisa de que el honor de la Azzurra no se negocia en acuerdos políticos, sino que se gana en la cancha.

Al parecer en el Despacho Oval el espíritu del Tratado de Versalles sigue vivo. Pues así como en aquel lejano 1919 se rediseñaron fronteras ignorando a los afectados a través de una exclusión sistemática, hoy pretendían rediseñar a la FIFA ignorando a los jugadores de Irán y su esfuerzo ganado en el terreno de juego, al margen del escenario político en su país. Excluir a Irán para premiar a Italia no era un acto de justicia, sino un ejercicio de "diplomacia de escaparate" que revive esa doble moral donde las reglas sólo se aplican a los contrarios.

El futbol pertenece a los pueblos y no a las agendas de seguridad de las potencias o intereses de los hombres poderosos. Cuando se busca que el balón se convierta en una extensión del misil, el sentido del deporte se pierde.

Si se permite que el espíritu de exclusión de Versalles se traslade a los estadios, se habrá fracasado nuevamente en la lección más básica de la convivencia de las naciones: que la paz no se construye segregando al otro, sino reconociendo su derecho a estar presente. El Mundial de 2026 corre el riesgo de no ser recordado por sus goles, sino por ser el momento en que los intereses del poder ganen por penal.


  • Sarai Aguilar Arriozola
  • Doctora en Educación, máster en artes, especialidad en difusión cultural
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