Hay películas que no se filman para verse, sino para charolearlas y Digger —con todo y su gran fracaso— es un ejemplo de ello.
La cinta —la más reciente y esperada apuesta de Alejandro González Iñárritu estrenada a finales de septiembre de 2026— arranca con una premisa tan pretenciosa que resulta insoportable: en lugar de contar una historia, opta por dictar una cátedra desde la más absoluta arrogancia. Pues con la excusa de plantear un "posicionamiento" profundo, el filme cae en el vicio más fastidioso del cine de tesis, donde la sutileza se sacrifica por completo y termina pontificando.
Y si un par de horas no fuesen suficientes para percibir esa soberbia, la prueba más clara de este despropósito ocurre cuando Tom Cruise, en el papel del magnate petrolero, se planta frente a la pantalla para soltar un eterno monólogo de diez minutos —una escena interminable, artificial y metida con calzador—, que no es sino un discurso pedagógico y hueco que busca asegurar que nadie en la sala se pierda la supuesta genialidad del autor.
Pero lo peor no es la pedantería del director, sino los que corren a aplaudirla desde la superioridad intelectual. Pues para un sector de la crítica y del público que se siente en un club exclusivo de iluminados, cualquier cosa que ello signifique pero implique defender Digger, esta se convirtió en una especie de salvoconducto moral e intelectual. Así, bajo su perspectiva, si la película aburre o es un bodrio inofensivo, la culpa jamás es de la dirección ni del guion, sino del espectador común que "simplemente no la entendió". Asumen que todo lo aburrido o denso convierte una película en "cine de culto". De esta manera, el rechazo les resulta útil para autoproclamarse habitantes del plano más alto, contemplando la "Verdad" pura y deslumbrante, al más clásico estilo platónico, mientras ven que el resto de los mortales siguen atrapados en el fondo de la caverna, confundiendo las sombras con la realidad.
Y en el paroxismo de la superioridad moral, incluso Vigotski sufre las consecuencias, pues olvidan que el arte es lo social en nosotros y prefieren hacer caso omiso del vacío de la audiencia. Olvidan que el arte per se no lo es hasta su confrontación con el espectador, quien lo significa y resignifica a través de su propia experiencia. Y si esta no se da... ¿quién puede determinar que es “de culto”?
Pero al parecer, este séquito de pundits prefiere vitorear el traje invisible del emperador antes que reconocer que ellos tampoco ven nada en esa presunta grandeza discursiva. Que en la realidad, las audiencias no son un público viendo Fossil Fools. A veces, se necesita la franqueza brutal de una banda de rock —como Metallica al recordar que no están ahí para influenciar a nadie con sus ideas— para dejar las cosas en claro. Si Iñárritu busca hacer un posicionamiento sobre el calentamiento global, está en su derecho, pero puede hacerlo en otra trinchera, con menos presupuesto y en menos horas.