M+.- En esta vida no basta con ser culto, sino hay que hacer alarde de ello aunque sea mera pretensión. Es lo que se demuestra de manera recurrente en un sector con los estrenos de películas, por ejemplo con La Odisea de Christopher Nolan, la cual ilustra con precisión cómo opera este fenómeno de invalidación cultural bajo la máscara del purismo intelectual, lo cual contrasta con las audiencias de a pie o sin falsas pretensiones.
El filme que, en su estreno el 17 de julio de 2026 arrasó en la taquilla mundial con un debut histórico de 263.8 millones de dólares en su primer fin de semana, se convirtió en la apertura global más lucrativa en la carrera del director, al tiempo que conquistó a los espectadores al registrar una sólida aprobación del 97% en el Popcornmeter de Rotten Tomatoes y una calificación de 'A' en CinemaScore.
No obstante, el sector de los opinólogos y líderes de opinión —cualquier cosa que esto signifique pero implique demostrar superioridad intelectual o al menos pretenderla— se lanzó contra la cinta, o más bien contra su pureza.
Ejemplo de ello fue la crítica publicada por la traductora Emily Wilson —cuya traducción de la obra de Homero sirvió de referencia para la adaptación de Christopher Nolan—, que generó un enorme revuelo justo en esa línea.
En su crítica, Wilson descalificó duramente el guion del filme con frases como "la escritura es pésima" o que le daría "vergüenza haber escrito cualquier parte de este guion", argumentando que la película carece de profundidad psicológica, ética y política, reduciéndose a un espectáculo visual tipo "fuegos artificiales del 4 de julio".
Y el problema no viene de la crítica. Pues si bien ésta viene de una especialista de la materia con todo derecho para evaluar la fidelidad de un texto clásico, sus comentarios en ciertas esferas se utilizaron como un sello de garantía para decretar que cualquier disfrute del blockbuster era, por definición, ingenuo o carente de criterio. Asimismo, se invalidaba no sólo la labor de dirección de Nolan, sino la capacidad del espectador común para conectar con temas universales a través de un formato de gran presupuesto.
Irónica la contradicción en la conveniencia del gremio intelectual pues resultó que el mismo sector que reaccionó duramente ante la traducción de Emily Wilson en 2017, cuando fue criticada por sectores conservadores por su lenguaje accesible y su perspectiva de género, fuera quien la enarbolara como autoridad académica ahora y que ella presumiera un purismo intelectual idéntico para invalidar la adaptación de Nolan.
No obstante, este fenómeno no es nuevo. Las adaptaciones de Shakespeare —como la estética pop de Romeo + Julieta de Baz Luhrmann en 1996—, los debates sobre la profundidad intelectual en el cine de superhéroes encendidos por las críticas de Martin Scorsese, y las objeciones de historiadores a las licencias narrativas en el cine épico de Ridley Scott comparten el mismo patrón: los sectores puristas utilizan el rigor académico como un veredicto categórico para invalidar el blockbuster masivo y estigmatizar el disfrute del espectador.
De esta manera, el análisis crítico se sustituye por el desprecio identitario al juzgar los consumos culturales ajenos, mientras que el miedo al ridículo y a ser tachado de "poco culto" fomenta la autocensura y la homogeneización de discursos alineados con los pundits del buen gusto.
Resulta demasiado simplón remitirnos a querer demostrar que somos más griegos que Homero mismo. Un rigor académico exige reconocer que la cultura no es un mausoleo de obras intocables reservadas para iniciados, sino una práctica viva… esa es la verdadera odisea.