Los cadeneros del metaverso: por qué odiamos a Aleks Syntek (y le tememos a la IA)

Ciudad de México /
Únete al canal de Milenio

En una época donde se pontifica la apertura a la diversidad de opiniones, al parecer solo están permitidas aquellas aprobadas por los cadeneros del metaverso. Y de ello dio fe el linchamiento mediático que sufrió Aleks Syntek y a la par parece que olvidamos las fundas Yondr.

En el caso del compositor mexicano, quien alzó la voz para cuestionar el rumbo de la industria musical contemporánea o las dinámicas digitales, la plaza pública de las redes reaccionó con su reflejo automático: la descalificación sumaria, el meme y la burla que tacharon al crítico de "demente", anacrónico o desconectado de la realidad.

Pero más allá de los diagnósticos de psicólogos de redes dictaminando quiebres, lo que en esa intervención se plasmó no fue una excentricidad individual, sino el síntoma de una incomodidad colectiva: el vértigo y el miedo ante un mundo que avanza a un ritmo que la experiencia humana apenas alcanza a procesar.

A estos gurús digitales les faltó en su nada sesudo análisis conectar esa actitud con una tendencia global. Una lista de músicos de muy diversos géneros y generaciones —desde las llamadas vacas sagradas como Bob Dylan y Jack White, hasta figuras contemporáneas como Alicia Keys, Bruno Mars, Adele, Phoebe Bridgers o las reacciones airadas de Enrique Bunbury frente a las cámaras en plena actuación— han comenzado a prohibir de tajo el uso de teléfonos celulares en sus conciertos. Y no solo eso: productoras y artistas recurren ya a las famosas fundas magnéticas de la firma Yondr, donde el público se ve obligado a encerrar su dispositivo al ingresar al recinto.

Las críticas contra estas medidas tampoco han sido amables, condenándolas como un acto de soberbia elitista o de autoritarismo escénico donde el artista busca controlar celosamente su imagen o se niega a conectar con las nuevas formas de socialización.

Sin embargo, si se examina con mayor profundidad, la prohibición expone una angustia legítima: la sumisión total de la experiencia real a la tiranía de la pantalla. Así, el concierto actual corre el riesgo de mutar en un simulacro donde la música ya no se experimenta a través de los sentidos ni de la comunión colectiva, sino a través de la mediación de un visor digital cuyo único fin es conseguir validación en redes sociales (la foto o el video perfecto que, paradójicamente, casi nunca se vuelve a leer ni a ver).

Sería injusto, no obstante, cargar el foco únicamente sobre estos artistas. En realidad, esta trinchera levantada en los auditorios no se aleja de los grandes temores de nuestra época, como el pánico generalizado frente a la irrupción de la Inteligencia Artificial generativa en la creación artística. Ambas trincheras —la resistencia a la automatización algorítmica y la negativa a convertir la música en un reflejo condicionado por el teléfono o el metaverso— exponen el mismo miedo profundo: la pérdida de la presencia humana, el valor creativo y el contacto real frente a la sustitución en serie.

Caricaturizar a los críticos como dementes o neoludistas irracionales es una forma muy cómoda, casi cínica, de evadir la pregunta incómoda. Las reacciones viscerales de figuras como Syntek o el cerrojo de las bolsas Yondr en los conciertos son, en realidad, los síntomas de un duelo cultural masivo. Nos duele aceptar que las reglas del juego estético y existencial que daban sentido a nuestro paso por el mundo están mutando de forma irreversible. El problema no es que el mundo avance hacia lo desconocido, sino nuestra tremenda incapacidad colectiva para habitar el vértigo que ese avance provoca.


  • Sarai Aguilar Arriozola
  • Doctora en Educación, máster en artes, especialidad en difusión cultural
Más opiniones
MÁS DEL AUTOR

LAS MÁS VISTAS

¿Ya tienes cuenta? Inicia sesión aquí.

Crea tu cuenta ¡GRATIS! para seguir leyendo

No te cuesta nada, únete al periodismo con carácter.

Hola, todavía no has validado tu correo electrónico

Para continuar leyendo da click en continuar.

Suscríbete al
periodismo con carácter y continua leyendo sin límite