Mbappé, Celeste Amarilla y el espejo del racismo: todos somos la senadora

Ciudad de México /
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Ven la viga en el ojo ajeno… o más bien, ven el racismo en la boca ajena, pero no en la propia.

Es lo que mejor resume la indignación colectiva y selectiva ante el reciente estallido racista de la senadora paraguaya Celeste Amarilla contra el capitán de la selección francesa Kylian Mbappé.

La polémica, que ha escalado hasta convertirse en un incidente diplomático de alto nivel, ocurrió tras el encuentro de las selecciones paraguaya y francesa, donde la escuadra gala ganó el partido de octavos en el Mundial 2026.

Tras dicho encuentro, Mbappé se negó —o pretendió no ver— a estrechar la mano del guardameta paraguayo Orlando Gill, acción totalmente antideportiva y reprobable, pues no corresponde al espíritu deportivo que debe mantenerse en el campo. No obstante, eso pasó a segundo plano con la respuesta –que no vale la pena siquiera difundir– de la legisladora, quien no se limitó a la crítica deportiva: derivó en una serie de ataques cargados de deshumanización y prejuicios raciales que han sido condenados a nivel internacional.

Pero en el caso del actual Mundial, sería un error considerar este episodio como un hecho aislado. La atmósfera del presente torneo ha dejado al descubierto una realidad que nos demuestra que la pretendida corrección política que la sociedad presume es un disfraz que termina por no poder ocultar la realidad.

Figuras con responsabilidad pública como Hebe Casado –vicegobernadora de Mendoza, Argentina– han recurrido al lenguaje del odio para descalificar a los deportistas franceses, mientras las redes sociales se han vuelto un campo de batalla donde el racismo no ceja. La FIFA ha reportado cifras récord de ataques discriminatorios hacia jugadores racializados, demostrando que la senadora no es la excepción, sino un síntoma de una cultura profundamente racista y discriminatoria.

Por ello es que, una vez más, la indignación hacia la figura de la senadora no es más que la punta del iceberg de una sociedad que, con frecuencia, prefiere señalar la falta de otro para ocultar su propia falta moral, que en este caso es el racismo que se practica de forma cotidiana; tal vez no desde trincheras tan visibles como un escaño o con micrófonos, pero que se permea en calles, establecimientos y chistes.

Mientras no entendamos que parte del problema fundamental es la creencia ingenua de que la exhibición pública, la cancelación o el forzado pedido de disculpas son remedios eficaces contra un racismo estructural, no se lograrán avances significativos, sino, por el contrario, la polarización aumentará. Pues se ha apostado por una justicia performativa que sanciona el síntoma mientras ignora la causa del mal. Cuando el sistema se enfoca solo en castigar aquello que traspasa los límites de esa mal entendida tolerancia —cualquier cosa que ello signifique, pero que en realidad es un umbral arbitrario a la discriminación que nosotros mismos hemos impuesto—, se deja de lado la prevención y la autocrítica necesaria frente al racismo cotidiano. Asustarse por lo que ocurre en la esfera política, mientras se ignora la normalidad de nuestras propias exclusiones, no es sino hipocresía.

Aquí radica la incomodidad más profunda: la senadora no es una alien moral. Ella es, en realidad, el espejo de una estructura de clase y de raza que todos alimentamos en nuestra rutina. Todos somos ella cuando decidimos que ciertas personas no encajan en nuestros espacios, cuando normalizamos la segregación arquitectónica para “embellecer” las ciudades ante el ojo extranjero, o cuando ejercemos violencia simbólica contra quienes, por vestimenta, origen o condición, consideramos inferiores.

De tal manera, urge dar el paso real y necesario: admitir que todos somos la senadora… aunque duela.


  • Sarai Aguilar Arriozola
  • Doctora en Educación, máster en artes, especialidad en difusión cultural
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