No hay peor ciego que el que no quiere ver. Y eso es lo que está sucediendo con miles de mujeres que no ven cómo un colectivo de mujeres se esconde detrás de una estética girlie o “energía femenina” para monetizar y encumbrarse a costa de promover que ellas renuncien a sus derechos, tales como el voto.
Y no, no se está hablando de El cuento de la criada o de Los testamentos de Gilead, sino de la reciente cumbre celebrada en Texas. Organizada por Turning Point USA y encabezada por Erika Kirk, la Women’s Leadership Summit 2026, celebrada el pasado junio en San Antonio, Texas, reunió a influencers y activistas conservadoras en torno a una narrativa de revalorización de los roles de género tradicionales. Durante el evento, los paneles de discusión profundizaron en la influencia del movimiento trad wife en la cultura contemporánea, destacando como punto central de debate la propuesta del household voting, donde se plantea que el jefe de familia sea el responsable de ejercer el voto en representación de todo el núcleo, promoviendo así una visión que subordinaba políticamente a la mujer a la estructura familiar bajo el sello de la cumbre.
Pero si bien resulta totalmente inadmisible el retroceso en los derechos políticos de las mujeres que ellas proponen, el tema más cuestionable de estas mujeres que encabezan este movimiento radica en el cinismo de cómo se ha ido permeando y cómo lo operan quienes lo promueven.
No es algo que surgió de la noche a la mañana. Desde hace meses se opera una estética romantizada de mujeres blancas, de clase alta, que vuelven aspiracional el modelo de vida presuntamente tradicional, de hijos, cocinar y estar atentas a las necesidades del hogar. Pero mientras estas figuras se venden bajo la narrativa de la sumisión y el repliegue doméstico, operan con la logística de una maquinaria política que organiza cumbres y moviliza agendas.
Así, lo realmente cuestionable es que mientras ellas gozan de las libertades y protecciones, al mismo tiempo sugieren que otras las abandonen. Y una de ellas es Erika Kirk, quien encarna esta contradicción. Lejos de la imagen de una mujer retirada del mundo, Kirk es una estratega política de alto perfil: con formación en Ciencias Políticas y Derecho, y actual directora ejecutiva de Turning Point USA, gestiona una maquinaria de poder en altas esferas, lo cual se convierte en una paradoja conservadora, pues utiliza herramientas académicas y ejecutivas para predicar un modelo de vida que busca anular esas mismas capacidades en las demás. Mientras ella dirige una organización dedicada a la movilización electoral, instruye a otras mujeres a abdicar de su voto, consolidando una jerarquía donde la voz pública es un privilegio exclusivo para quienes ostentan el mando.
No obstante, a la aliada indiscutible de Trump no parece molestarle los señalamientos hacia el mandatario por abusos sexuales. Precisamente en estas mismas semanas, mientras en Texas ella romantiza la abdicación de derechos como una virtud, el sistema judicial acaba de ratificar el pago de 5.6 millones de dólares por parte del magnate a la escritora E. Jean Carroll por abuso sexual y difamación. Pero al parecer, esto no inquieta a la activista conservadora.
Al parecer, la "sumisión" es, en última instancia, una receta —y no de masa madre— que estas operadoras de poder venden para silenciar a la disidencia; son una herramienta nada tradicional y sí muy cínica de control político. Lejos de hornear el pan cotidiano, su función es puramente estética: son las encargadas de poner la cereza en el pastel de una estructura autoritaria, garantizando que, mientras las seguidoras se pierden en la nostalgia de una imagen vacía, las promotoras del sistema mantengan el control absoluto de la mesa política... y no de la cocina.