El nombre de Charles M. Blow poco dice para muchos. No obstante, ha estado presente en las últimas semanas en las conversaciones en redes y medios de comunicación sobre la polémica referente al personaje animado Pepe Le Pew y su papel en la normalización en la cultura de la violación y acoso sexual, así como de Speedy Gonzales –otro integrante del elenco de los Looney Tunes– y los estereotipos en torno a la caracterización del mexicano.
Blow ha sido columnista en la página editorial del New York Times desde 2008, aunque labora en el diario desde 1994. Afroamericano, sureño y graduado de la Universidad de Louisana en comunicaciones, su columna gira en torno a “temas políticos, opinión pública y justicia social”, de acuerdo con la descripción del diario en el portal.
En una reciente colaboración en ese diario, Blow asegura que cuando era niño le hicieron pensar que ser afroamericano era inferior. Una creencia que no estaba articulada de esa manera, sino que estaba presente en el aire, en la cultura, y que se transmitió de manera discreta a través de juguetes y muñecas, dibujos animados –entre los que menciona a los citados personajes– y espectáculos infantiles, así como cuentos de hadas y libros para niños.
“El racismo debe ser exorcizado de la cultura, incluida, o tal vez especialmente, de la cultura infantil. Enseñar a un niño a odiarse o avergonzarse de sí mismo es un pecado contra su inocencia y un peso contra sus posibilidades”, concluye.
A raíz de la evocación del columnista, me permito una memoria infantil personal. De niña, disfrutaba sobremanera las caricaturas de heroínas mujeres. She-ra, Cheetara en Thundercats, aunque también vi algunos dibujos animados de Warner Bros. Me resultaban totalmente antipáticos Jerry en “Tom y Jerry” y el Correcaminos, y me exasperaban las escenas de Pepe Le Pew. No entendía por qué causaban risa las bromas donde acababan lesionados unos y la cercanía excesiva del otro. No recuerdo a nadie prohibiéndome tales programas, ni lecciones específicas concernientes a los programas mencionados, sino simplemente se había construido una narrativa de vida donde el respeto del otro era fundamental.
Sin afán moralizante ni de pedagogía para generaciones futuras, lo anterior sirve solo para ilustrar que el problema de fondo no radica en el producto sino en los receptores de éste. No somos simples depositarios de contenidos sin capacidad de interpretación, sino más bien somos, como menciona Clifford Geertz, “animales insertos en tramas de significación que él mismo ha tejido”, por lo cual el análisis de la cultura y sus producciones debe partir de las significaciones e interpretaciones que nosotros mismos hemos construido.
Ante esto, no toca entonces “exorcizar” los demonios personales en cada elemento donde los veamos reflejados. No toca cancelar todo aquello que represente los valores-significaciones que deploramos de nosotros, sino toca, evocando a Platón, trabajar con “el mundo de las ideas” con aquellos significados que repetimos de generación en generación, de tal manera que las nuevas generaciones logren por sí mismas discernir y evaluar, sin necesidad de censores.
En el caso de las producciones o contenidos que no nos dignifican, más que recordarlos desde la experiencia, podemos reconstruirlos a partir de la memoria y el aprendizaje, resignificarlos y desincentivar su consumo por medio de la reflexión y no por la censura.
Queremos nuevas generaciones capaces de evaluar contenidos, no generaciones donde la policía de la corrección sea la encargada de revisar cuáles son aceptados. Toca evitar que se instaure la Santa Inquisición de la Posmodernidad, donde habremos cambiado la hoguera de la religión por la de la cancelación.
* Maestra en Artes y doctora en Educación. Coordinadora del Departamento de Artes y Humanidades del Centro de Investigación y Desarrollo de Educación Bilingüe UANL.
@saraiarriozola