¿Se consigue la libertad prohibiendo? Esta pregunta aparece en medio del debate ante la polémica actual sobre las propuestas de leyes referentes a la prohibición de redes sociales en menor de edad.
Primero fue Australia, donde a la fecha las empresas de redes sociales han revocado el acceso a unos 4.7 millones de cuentas identificadas como pertenecientes a niños desde que el país prohibió el uso de las plataformas a menores de 16 años.
Por su parte, Emmanuel Macron, presidente de Francia, afirmó que quiere que su gobierno agilice el proceso legal para garantizar que la prohibición del uso de redes sociales para menores de 15 años esté vigente antes del inicio del próximo curso escolar en septiembre:
“Estamos prohibiendo las redes sociales para menores de 15 años y vamos a prohibir los teléfonos móviles en nuestros institutos. Creo que esta es una norma clara: clara para nuestros adolescentes, clara para las familias, clara para el profesorado”
A manera de justificación enunció en un video que el cerebro de niños y adolescentes no está en venta: “Sus emociones no están en venta ni se pueden manipular, ni por plataformas estadunidenses ni por algoritmos chinos”.
El anuncio de Macron se produjo días después de que el gobierno británico anunciara que está considerando una serie de medidas para mantener la seguridad infantil en línea, incluyendo la prohibición del uso de redes sociales para menores de 16 años.
Un argumento que sirve para arrancar aplausos fáciles, pero que deja de fuera el verdadero debate y el problema de fondo. A la largo de la historia de la sociedad moderna, la prohibición sólo ha servido para crear espacios negros sin regulación efectiva: no es factible prevenir ni generar mecanismos de concientización en sí para aquello que en teoría no existe o no se practica.
De inicio, la ley pareciera un tanto ociosa, pues todas las plataformas solicitan una edad mínima de registro, la cual es violada por millones de usuarios. Entonces lo que se está proponiendo no es regular el acceso, sino iniciar una cacería de perfiles que supuestamente pertenezcan a menores de edad.
Y si bien nadie duda que existe una desprotección, no solo hacia los menores, sino a los usuarios en general de las redes sociales y el metaverso, el generar falsas burbujas y confundir proteccionismo con protección no soluciona el problema.
Olvidamos que vivimos un mundo donde cada vez es más difícil diferenciar las fronteras entre el metaverso y el universo real. El negar que esos espacios existen solo promoverá que los niños y adolescentes migren hacia plataformas clandestinas o menos reguladas. Se olvida que antes del proteccionismo gubernamental, la primera frontera hacia este metaverso debe ser la familia o adultos a cargo de dichas infancias.
Al parecer, los gobiernos se han olvidado que no son las redes las que llevan a las infancias convertidas en influencers a monetizar. De tal manera que las leyes no deberían de apuntar solo a las redes sociales, sino también a las redes familiares.