Los invito a hacer un ejercicio sencillo: abran su buscador de internet y escriban dos palabras: “Oleshky, Ucrania”.
No encontrarán noticias sobre batallas heroicas en campos abiertos ni maniobras estratégicas. Lo que hallarán es el retrato de una tragedia humana deliberada y silenciosa que ocurre en este mismo instante, ante los ojos del mundo.
Ayer en la sede de la Organización de las Naciones Unidas en Nueva York, el Ministro de Asuntos Exteriores de Ucrania, Andrii Sybiha llevó esta misma apelación a la mesa del Consejo de Seguridad: la comunidad internacional no puede apartar la mirada de los territorios ocupados.
Oleshky es una comunidad en la región de Jersón, situada en la margen izquierda del río Dnipró, que permanece bajo ocupación militar rusa. Allí no hay intercambios de disparos cotidianos entre ejércitos, lo que hay es un asedio sistemático contra la población civil. Las fuerzas rusas de ocupación han impuesto un bloqueo total: no hay electricidad, no hay gas, escasean el agua potable y las medicinas, y se impide sistemáticamente la entrada de víveres esenciales.
A las puertas del invierno, Moscú está haciendo deliberadamente imposible la vida humana en Oleshky. A los habitantes se les prohíbe evacuar hacia zonas seguras, están retenidos como escudos humanos. Mientras tanto, a los organismos de ayuda de la ONU y a la Cruz Roja se les niega el acceso.
Esta pesadilla tiene nombres propios. En el Consejo de Seguridad, el canciller Sybiha expuso el caso de una ciudadana ucraniana atrapada en Oleshky cuya subsistencia depende hoy de agua caliente con miel, en una localidad donde el último suministro de comida llegó antes del verano.
Este método de castigo colectivo no es nuevo, emula las tácticas más inhumanas del siglo XX. Recuerda el trágico asedio a Leningrado durante la Segunda Guerra Mundial y reactiva en la memoria colectiva ucraniana el dolor del Holodomor, la hambruna planificada por el régimen soviético en la década de 1930. En pleno siglo XXI, el hambre vuelve a ser utilizada por el Kremlin como un arma deliberada de guerra.
Rusia insiste en presentarse en foros internacionales como una potencia responsable, sin embargo, en el terreno comete crímenes que violan flagrantemente la Carta de la ONU y las Convenciones de Ginebra. Mientras 14 de los 15 miembros del Consejo de Seguridad exigen el cese de hostilidades y Ucrania reitera su disposición a un alto al fuego completo e incondicional, Rusia utiliza su poder de veto para perpetuar la destrucción y el sufrimiento.
México es un país con una histórica vocación pacifista, respetuoso del Derecho Internacional y defensor constante de las causas humanitarias. Por ello, desde esta tribuna diplomática hago un respetuoso pero apremiante llamado a la sociedad, a los medios de comunicación y a la diplomacia mexicana a no guardar silencio. Es urgente alzar la voz para exigir la apertura inmediata de corredores humanitarios seguros y supervisados por organismos multilaterales, los cuales permitan brindar auxilio vital y evacuar a los civiles atrapados tanto en Oleshky como en el resto de los territorios temporalmente ocupados.
Asimismo, resulta indispensable rechazar cualquier intento de normalizar el asedio y la indiferencia ante la tragedia, recordando siempre que el silencio en los foros internacionales no apacigua al agresor, sino que incentiva mayores atropellos. Hoy más que nunca, la histórica vocación de México en favor de la paz debe traducirse en una firme solidaridad con las víctimas inocentes, respaldando la rendición de cuentas internacional, la justicia y la plena restitución de los derechos humanos fundamentales.
La distancia geográfica entre México y Ucrania no debe ser un pretexto para la apatía. Les reitero la invitación: googleen Oleshky.
Miren los rostros de quienes resisten el encierro y el hambre. Saber lo que ocurre es el primer paso indispensable para no ser cómplices de la barbarie.