La cocina como estado de la mente. No cocino, detesto que el olor se pegue en mis libros, no podría freír tocino, vomitaría. Amo el olor a nardos, peonias, geranios y rosas de Bulgaria. Bello es un fregadero caótico, conviven tazas de cerámica con las Baccarat, blancos platos y elegantes tenedores se besan. Las cocinas reflejan estados mentales, algunas personas tratan de tener todo limpio —excepto sus palabras y actos—, trastes lavados, qué vulgaridad, la vida les condiciona cruelmente, soldaditos/as de plomo, de “orden mental” agreste, defensivo, ordinario, los/as escuchas durante segundos, el veneno que escupen: insignificante, burdo, cutre. Comer jamás ha sido ni será un acto neutro, es político. Adoro los manteles de plástico de diseños mercedianos tanto como los de lino. Nuestras relaciones sociales, elecciones/decisiones económicas y afectos se sirven en platos grandes o pequeños, en ciertos lugares olvido la voraz sierra de saturación semiótica precarizada de aquellos sitios que se empeñan en “refinar” un lujoso huauzontle añadiendo snobísimo “mole madre”, ¡en la madre, fail!, la señora que lleva décadas recalentando su mole se ríe de varios chefs. Me repugnan casi todos los lugares “de autor” (sorry not sorry), lo que realmente me seduce: fondas y sus personas reales. El otro día comí con Julieta Pacheco, mujer bellísima que rebasa los 70, de oficio bailarina, gran porte, ex integrante del neurótico ballet de Amalia Hernández, que les gritaba “estúpidas, p...”, me contó cuando ensayaba en la calle de Donceles. Y no, comer en las fondas no es barato, no lo era comer con “los agachados”, ser atendido por una “chimolera” (chilmolera) era un LUJO. Sin agachados —comían así porque no había mesas— y chilmoleras no hubiera existido esa deliciosa criatura social siamesa, separada por la infame cruzada del cloro, los permisos sanitarios, la hipocresía social de la “vergüenza” de comer en la calle, por la misógina costumbre de convertir los oficios de las mujeres en insulto, no se perdió el chilmole en cada esquina, se perdió la posibilidad de comer a ras de suelo, como hermosos perros callejeros o ferales, existir sin pedirle permiso al ayuntamiento, se perdió el calor de las conversaciones y comer en colectividad, algo tan atroz como la siniestra idea de erradicar el efectivo, qué hambreada fiscalización de ciudadanos. La “austeridad” tiró millones de pesos en cempasúchitl y una catrina mal hecha que imitaba a la Santa Muerte de Coacalco, visualmente el peor año de Día de Muertos. Afortunadamente existen alegrías plenas como la Cocina Fabi, en el Mercado de la Río Blanco, majestuosa barra en la que se come divino, Marisquería Puerto Escondido con sus empanadas de jaiba hechas al momento, no tienen competencia ni en La Viga, saliendo las quesadillas y tlacoyos de la señora José en Congreso de la Unión y la 91, junto a la legendaria Mercería San José, lugares que merecen una crónica entera. Bai, envidiosas.
'Chilmoleras y agachados I'
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Susana Iglesias
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