Se manejó como chisme de revista y en muchos niveles lo fue, pero la demanda de Blake Lively en contra de Justin Baldoni —que por casi dos años dejó muchos conceptos atropellados en el camino—, aún más importante, reveló mucho sobre lo sucio —y lo parecido a la política— que es el “juego de la fama” organizado.
Blake no es alguien que genere mucha simpatía en estos tiempos, y que haya llegado a un acuerdo fuera de la corte con quien fuera su director y coprotagonista de la cinta It Ends With Us, dos horas antes de presentarse nuevamente en sociedad durante la Met Gala, dice mucho de cómo se planean estas cosas.
Según reportes, tras acusarlo de abuso de poder y acoso sexual, y luego salir sin sentencia alguna a su favor, no ganó nada más que terminar la pesadilla (quién era materia de horror no quedó claro legalmente).
Lo que sí quedó claro en todo este caos es que una acusación como esa no viene sin costo. De hecho, se develaron varias investigaciones sobre compañías que se rentan para arruinar reputaciones en línea durante todo el fiasco. Y funcionó, aunque ninguno de los dos salió con un futuro particularmente venturoso en esta industria después de esto, ni con su reputación limpia.
Queda también claro cómo se manejan los desprestigios profesionalmente y cómo usan nuestra capacidad de entretenernos con el morbo al respecto. Quienes consumimos, opinamos o nos divertimos con esto somos algo corresponsables en ello. ¿Y quién ganó? Pues, como siempre, los abogados. Siempre y tan solo, los abogados.