Lo dejaron claro los grandes exponentes de la ópera, el ballet y la música sinfónica cuando Timothée Chalamet declaró —dentro de una larga plática con Matthew McConaughey— que a nadie le importan ya. Y vaya que le respondieron con creatividad: descuentos con el código “Timothée”, imágenes de salas abarrotadas e invitaciones postergadas porque “salas llenas”.
Más allá del escándalo viral, este desatino sirve para exaltar hasta qué punto el arte escénico será lo único “vivo” que nos quede en el amanecer de la IA. Ver algo humano, presente y con emociones pronto será nuestro último refugio para reconocernos en ese gran espejo llamado arte que nos refleja como humanidad. Porque decir que algo está “vivo” no solo significa que existe, sino que ocurre de manera presente cada vez que se levanta un telón.
Pensemos en esto: hubo una época donde no existía la idea de que las artes eran solo para “la élite”. La ópera del siglo XVII era un fenómeno masivo, ruidoso y emocionante; Las bodas de Fígaro fue un escándalo censurado por burlarse de la aristocracia. A los compositores se les idolatraba como hoy a grandes directores de cine, y las divas provocaban una devoción que hoy entenderían muy bien Taylor Swift o Beyoncé.
Han pasado siglos y esas obras siguen aquí, ojalá pasara lo mismo con el cine para cuando lleguemos al siglo XXII; para como estan las cosas, no sé si lo que no es “en vivo y presente” vaya a tener la misma suerte que la opera y el ballet.