Hace exactamente diez años la noticia empezó a correr como pólvora. Juan Gabriel había fallecido. Estando nosotros en una cobertura previa en Los Ángeles, California, fuimos de los primeros medios del mundo en llegar a su casa en Santa Mónica, donde comenzó a cristalizarse la realidad. No era un rumor más, y los fans lo sabían porque comenzaron a llegar. Decenas al principio. Familias completas. El hermetismo no podía con la sensación de tristeza que era palpable en esa propiedad junto al Pacífico, en ese momento comenzó la música.
Al día siguiente llegamos todos a donde lo resguardaban, un lugar muy cerca del aeropuerto, sin sombra alguna y noticias menos. Al final salió el sargento Frank Preciado, quien seguramente nunca se imaginaría que acabaría siendo vocero de semejante acontecimiento triste, “La gente ha sido muy linda, todos están aquí para honrar al artista, todos muy lindos. La única razón por la que estamos aquí es por el tráfico”. Y cómo no. Para la tarde de ese lunes, ya eran centenares de familias. Muchas personas cantando. Mariachis llegaban sin saber quiénes los habían contratado ni a quién cobrar por canción, pero tocaron. Por horas. Y les juro que no habían pasado 12 horas de su fallecimiento cuando la calle se llenó de mercancía. Su discografía quemada en cedés, camisetas deseándole buen camino y letreros, decenas y decenas de letreros hechos en casa que algunos repartían a quien se dejara para que acompañara los coros. Fue una despedida musical improvisada, triste, caótica y hermosa.
Al día siguiente aún no había noticias de dónde y cómo podría la gente despedirse de su ídolo. Y nadie se iba a mover de ahí hasta que las hubiera. Llegaban medios, el sol no cedía y varias personas lloraban por la incertidumbre de cómo decirle adiós a alguien que sentían tan cercano como a sus propias familias. Nunca lo olvidaré, el dolor y la música era arrolladora. Y sólo fue el principio. Hoy sabemos que esos días Juanga pasó de ser ídolo popular a patrimonio cultural que sería, igual que su amor… eterno.