Es irónico que lo que nos hace más humanos —la curiosidad y el sentido del humor— es una de las razones por las que nos volcamos tan fácilmente a tendencias digitales que, por un lado, son absurdas; por el otro, divertidas y satisfactorias y, ya viendo más de fondo, posiblemente peligrosas.
Gracias, ChatGPT, por mostrarme lo espectacular que sería yo en los 80. Sólo hay un problema: yo sí tengo evidencia fotográfica real de esa era y pues, yo tengo otros datos.
Cabe decir que deseo que mis décadas vividas y comprobadas me vuelvan inmune a lo irresistible que parece jugar con los demás a disfrazarnos digitalmente de otros tiempos, o de lo que esté en tendencia en ese momento. Prefiero esa zonza camaradería con propios y extraños que ser de quienes se burlan y se sienten superiores por “no haber caído”. Claro que también está el enorme grupo de personas a quienes ni les van ni les vienen estos momentitos de la cultura digipop, pero ¿para qué molestar a los cuerdos?
Así que le pedí honestidad a mi ChatGPT, le dije que me ajustara no según la “idealización” de mi rostro, sino con su capacidad predictiva a la inversa. No pudo. Lo que sí pudo fue darme una respuesta menos divertida a mi pregunta sobre cuánto riesgo corremos al subir nuestras fotos por un instante de risa en redes: “Una foto frontal de buena calidad puede contener rasgos faciales, edad aproximada, contexto del lugar, otras personas, objetos, placas, documentos visibles e incluso datos asociados al archivo”. Ups.
Pensando en cómo cada vez más nuestra identificación es biométrica y en las capacidades de futuros hackers —reales o IA— para quedarse con todo, mejor me hubiera quedado con mi foto original, que cuenta con toda mi adolescencia en su incómodo esplendor, pero sin las nuevas preocupaciones y expectativas que vienen con existir lo que antes llamábamos el futuro.