Durante años medimos el éxito de la televisión con esa medio engañosa métrica llamada rating. Más gente, más patrocinios. La gente “correcta”, otro tipo de marcas. Antes, el famoso people meter que nos decía supuestamente qué estaba funcionando en la pantalla, era incluso en los 80, absolutamente insuficiente. Eso ya cambió para siempre.
Estoy viendo la premier mundial de El diablo viste a la moda en Disney+ y no deja de sorprenderme cómo hemos cambiado. Ya llegamos al momento en el que la campaña previa al estreno se hace en streaming.
La cantidad de información que Disney obtendrá sobre el público natural y potencial de la cinta —y cómo llegarle al que no— vale oro. En la era digital no se adivina: hay datos duros que ya quisiera la cajita que ponían en una que otra casa para tomar todo tipo de decisiones sobre lo que iba al aire.
Viendo La oficina en Prime Video noté que ya aparece una canastita de Amazon en los anuncios (que odiamos, pero no pagaremos por quitar), en la que se puede pedir el producto impulsivamente; uno que llega en 15 minutos a casa por las nuevas líneas de negocio —como Rappi— que ya están con Amazon.
Ver Apple TV+ es repasar el catálogo de productos de la compañía, versiones de los mismos si la historia hubiese sido distinta en la carrera espacial.
Estos son sólo algunos ejemplos para decir que si vemos ciertos programas o cintas con éxito, no es sólo porque los vieron 60 millones de personas de golpe, sino porque los vieron las personas adecuadas para hacer felices a los patrocinadores y a los demás negocios que pertenecen a los mismos conglomerados de las compañías de streaming.
El contenido dejó de medirse por audiencia y empezó a hacerlo por lo que activa: compras, datos y negocio.