La fama es una moneda de cambio, pero lo que uno decida hacer con ella no es un tema del todo personal. Mucho menos cuando de política se trata, en tiempos tan complejos como estos. Dicho esto, yo soy de la idea de que los famosos tienen tanto derecho a dar su opinión, aunque eso nunca viene sin consecuencias.
Cuando vemos a famosos dando un mensaje político, me parece que tenemos que hacer una pausa para ver qué estamos compartiendo, en qué estamos participando y, como reporteros, ¿para quién estamos trabajando en realidad?
Con esto llegamos a Fernando Carrillo. Hace años que la mayoría de nosotros no sabíamos del “galán de telenovelas” (y estábamos muy bien con eso), pero ahora está en todos lados, usando las mismas herramientas del morbo que impulsan a una Casa de los Famosos o un TV Notas, para ser “la voz venezolana” que reverbere en los medios, simple y sencillamente porque no podemos creer lo que está diciendo. “¿La presidenta interina es el amor de su vida?”. Cada quien sus gustos. Pero mientras tiene nuestra atención con eso, ha negado lo que nuestros amigos venezolanos llevan años denunciando sobre derechos humanos, libertad y hasta tortura.
Todo esto ocurre en espacios de “entretenimiento” y aquí es cuando la fuente del espectáculo debe hacer una pausa para no volvernos parte de eso que llaman “idiotas útiles” y amplificar ese mensaje solo porque da rating y nos genera morbo.
En las redes somos demasiado rápidos para acusar a la gente de “estar pagada” y no creo que ganemos nada aseverando eso, si no tenemos cómo comprobarlo. Pero tal vez es hora de separar mejor lo que “entretiene” de lo que importa. Y este personaje —sean cuales sean sus motivaciones e incluso su capacidad mental— no merece que lo ayudemos a dar un mensaje así sin que al menos cuestionemos la gravedad de ello.