Pedirle a Grok que encuere a mujeres no es una picardía simpática, es un delito. Que la IA de Elon Musk obedezca y lo haga, es criminal. Lo que más me ha horrorizado en los últimos días, respecto de esto que ha pasado de manera masiva, es ver cuántos están más que felices de hacerlo, solo porque “pueden”. Porque no parece haber una posible consecuencia en el panorama y porque ese nivel de burlas a nuestro derecho a protegernos dice todo sobre lo poco que hemos avanzado como seres humanos.
Añadiendo a la gravedad de esto, muchos —empezando por el dueño del “juguete”— dicen que es solo una pequeña consecuencia para lograr algo “más importante”, que es la supuesta libertad de expresión. No importa cuánto avance la tecnología: queda claro, por lo que hacemos con ella, que somos medievales. Que si no hay consecuencias, no hay nada que detenga las agresiones, ni que evite que se nos vulnere.
No es solo el tema de “quítale la ropa a la gente”; han pasado cosas incluso más aterradoras, como ver a niños afectados también. Y sí, literalmente no hay filtros que detengan esto. Los que celebran esto como algo que vale la pena no tienen la menor idea de que “la verdad” es lo único que nos separa del absoluto caos.
Estos son tiempos en los que parece que nuestras posturas personales tienen que venir con bloque y sello político, con las causas bien empaquetadas entre “izquierda y derecha”, y podemos ser aniquilados —ahora con esta herramienta tan potente— solo por no pensar lo mismo que la otra mitad. Estoy segura de que este 2026 va a ser el año en el que dejaremos de distinguir los hechos de las creaciones digitales por completo, y con este horrible episodio que acabamos de vivir con la más reciente actualización de Grok, me queda más claro que ni siquiera va de la importancia de nuestra labor de verificar todo, porque millones de personas están demostrando que están dispuestos a todo por una venganza imaginaria o hasta una risa furtiva. Al diablo con las consecuencias.