Quienes lo vivimos —particularmente de muy jóvenes— sabemos perfectamente que ese Mundial lo tuvo todo. Y ahora, gracias a la cinta protagonizada por Diego Luna y Karla Souza, podemos “recordar”, al menos emocionalmente, esa época de nuestra vida en la que muchos aún nos permitíamos soñar en colectivo. Particularmente porque veníamos de una de las más grandes pesadillas: el terremoto del 19 de septiembre de 1985. Nos urgía soñar bonito.
La película que estrenará Netflix —dirigida por Gabriel Ripstein— reconoce esa nostalgia. Una que envolvió desde los salones de clase a quienes ni siquiera sabíamos lo que era un penal (salimos sabiendo… y traumados de por vida). Y también, a través del personaje de Diego —que amalgama a varios funcionarios, sus truculentos discursos y el derroche de dinero mal habido— nos deja muy claro cómo todos somos susceptibles de caer en la trampa de la fantasía cuando la realidad es mucho más cochina de lo que quisiéramos aceptar. Insisto: yo acababa de terminar la primaria. No sé si sea buena o mala excusa, pero es la verdad.
La cinta es extrañamente gozosa, porque hace denuncias fuertes y retoma personajes tan poderosos que cambiaron la geopolítica mundial —Henry Kissinger— y a otros que dominaron la cultura popular de América Latina, como Emilio Azcárraga Milmo. Y sí, el viejo PRI se escucha en el proceder corrupto, en el tonito de los discursos y en cómo se salieron con la suya esa y tantas otras veces.
Al final, es una cinta divertida, pero que nos obliga a cuestionarnos —sobre todo frente al Mundial que se nos viene encima como tsunami— qué tanto hemos cambiado. Y honestamente, yo no veo que hayamos cambiado en absoluto en las cosas que realmente deberían preocuparnos. Mucho más allá de esos penales.