El pobre pato Merlín es un ser encantador que claramente se ha adaptado a una familia trabajadora en una ciudad —y a una zona de esta— que es todo, menos su hábitat natural. Y, sí, por supuesto que genera una sonrisa verlo con su camiseta de la Selección. El pato no tiene la culpa de lo que los humanos hacemos. Como muestra, vámonos a las moralejas de Esopo, en las que un hombre recibe un huevo de oro diario de su ganso. Por no querer esperar a que su fortuna llegue poco a poco, decide matar al animal para obtener todo el oro de una vez y, ¡sorpresa!, por dentro no era un ser mágico, sino un animal común y corriente.
No estoy diciendo que vayamos a matar literalmente al pato Merlín. Espero que realmente se estén tomando todas las precauciones de las que se hablan, ahora que todos quieren una selfie con él y lo zarandean, si les es posible, para obtenerla. Pero sí estoy hablando de esa manifestación tan obvia de la naturaleza humana ante el fenómeno que tiene al pato en reuniones con la Presidenta del país; una situación que, lejos de ser una analogía mía, ha sido interpretada por muchas voces alzadas como símbolo de las prioridades oficiales ante casos como el de las madres buscadoras. También lo hemos visto con empresarios que se consideran la más fuerte oposición política y practicante en todos los programas de chismes y revista del país.
Por otro lado, está la avaricia de quienes corrieron a registrarlo antes de que la dueña intentara hacerlo (intento fallido, al parecer) y de todas las marcas que lo quieren chambeando. De todos aquellos que ya pusieron patos a la venta sin pensar que Merlín es una excepción y, definitivamente, no la regla de lo que es bueno para el bienestar de estas aves de la familia Anatidae (que, por cierto, también incluye gansos y cisnes).
Hace dos días vi a un par de ebrios (sí, después del partido de la semana pasada) intentando llevarse un pato de un lago de un parque de la CdMx para que “les diera suerte”. Fallaron miserablente, por suerte, pero dejaron muy claro —junto con todo lo anterior— lo predecibles que podemos ser en ocasiones como estas.
Más allá de que temo por todos los patos mexicanos, debo decir que temo más por nosotros, que no aprendemos nada si vemos algo parecido a un huevo de oro a nuestro alcance.