Apenas nos enteramos hace unos días de las denuncias contra Julio Iglesias y la narrativa ya se salió de control. Es un asunto demasiado delicado como para no tomarse en serio y, al mismo tiempo, tiene todo para volverse viral y comidilla del chisme.
Pero muchas mujeres entendemos que no es solo una nota más, sino un reflejo de cómo han cambiado los límites de lo mínimamente aceptable respecto al consenso.
El problema regresa a lo habitual: escuchar a las denunciantes, tomarlas en serio y cuidar nuestros juicios hasta que concluya un proceso judicial. Los —mucho menos frecuentes, pero reales— casos de acusaciones falsas han obligado a ser cuidadosas con el poder de las palabras.
La ley lo está siendo: las dos mujeres que denunciaron formalmente son testigos protegidas por la Fiscalía de la Audiencia Nacional de España. Esto va a proceder, como debe. Pero la corte de la opinión pública se gobierna sola.
Y ahí entra otro frente: los algoritmos. Resulta aterrador ver los videos donde besa a la fuerza, en vivo, a importantes conductoras como Susana Giménez o Verónica Castro (solo imaginen lo que ocurría en privado). Que lleguen a convertirse en virales no los hace menos repugnantes. Ni menos reales.
El dilema es claro: tenemos que entender si estamos juzgando al pasado con las mismas reglas que nos rigen hoy, y si —en realidad— eso implica culpabilidad automática.
A mí esos videos —y el público que aplaudía emocionado en esas emisiones— me asquean. Y aunque trágicamente el consenso no era considerado “indispensable”, como lo es ahora, la evidencia contundente está volando directo a nuestras pantallas. No, no siento la menor pena por él.