Keiko: nuestro pecado colectivo

Ciudad de México /
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Liberen a Willy era esperanzadora: la amistad entre un chico y una orca, que al final –como lo decía el título– se lograba la libertad del animal.

La realidad fue muy distinta: Keiko era prisionero en un parque de diversiones donde creció mi generación. “Seis pueblos encantados, mil sorpresas distintas…”, nos cantaron hasta el hartazgo. Y estaba bien el Cíclope, la Canoa Krakatoa y la Cabaña del Tío Chueco. Era nuestra versión chocarrera de Disneylandia. Pero no les bastó.

En un tanque demasiado pequeño, una orca –Keiko era macho, pero se dice orca– tenía que dar show. Conozco a varios de sus entrenadores y amor no le faltó, pero las condiciones de espacio y sanitarias eran una condena. Hasta le hicieron su telenovela, pero luego de Liberen a Willy el mundo comenzó a prestar atención. Demasiado tarde.

Todo esto porque no sólo viene un reboot de la película: Netflix acaba de anunciar un documental sobre Keiko, y creo que va a romper muchas infancias. Sé que la mía se rompió cuando, como reportera novata, me tocó ir a Oregón, donde preparaban a la orca rescatada del DF para devolverla al mar. Era hermosa, juguetona y curiosa. Pegaba la nariz al vidrio para mirar nuestra entrevista con su entrenador.

Se intentó. Keiko llegó a nadar libre, pero nunca logró integrarse de forma estable a una manada salvaje. Dolerá ver ese documental, también la película, pero son lecciones que debemos aprender, y si puede ser a través del cine y no de cometer más atrocidades con los animales, venga y gracias, Netflix.


  • Susana Moscatel
  • 25 años de periodista y conductora de entretenimiento. Ha publicado tres libros, traducido 18 obras y transmitido el Oscar y el Tony, entre muchos otros. Escribe de lunes a viernes su columna Estado fallido.
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