Por ahí leí a alguien sabio en redes decir: “Es carrilla, chavos, no cancelación”, ante el clip de Gael García Bernal diciendo que “no se imaginaba a La Odisea en inglés”. Pocos vieron el resto de la entrevista. No hacía falta: ese soundbite ya daba para el chiste, el comentario filoso y para confirmar lo que cada quien ya pensaba del actor. Gael, de hecho, dijo cosas mucho más interesantes que eso en su conversación. Pero como suele ser, el asunto se hizo enorme y no lo era. Gael estará bien. ¿Pero nosotros?
Porque no todo escándalo tiene el mismo peso, aunque hoy termine en el mismo aparador.
Me costó ver las imágenes de Aleks Syntek perdiendo el control de su público y, aparentemente, también de sí mismo, en un concierto gratuito en la Benito Juárez. No porque ignore sus polémicas ni porque crea que un artista deba ser inmune a la crítica. Me costó por el evidente placer de muchos al verlo caer. Es el monstruo de las mil cabezas siempre existió; el publico. Sólo que ahora cada cabeza tiene cámara, cuenta y algoritmo. La peor pesadilla de cualquier cantante cabe hoy en un reel para millones.
Y luego está Gala Montes. No pretendo diagnosticarla ni sé qué ocurre en su vida. Justamente por eso me inquieta ver cómo cada gesto, video o episodio delicado se convierte inmediatamente en contenido, reacción, burla pero sobre todo en el producto más vendido en la era del clic. ¿Le haríamos eso a alguien que pasa por algo así en nuestra vida diaria sin pensar en las consecuencias?
Gael, Aleks y Gala no están viviendo lo mismo. Ni de lejos. Pero la maquinaria sí hace lo mismo con ellos: toma el tropiezo, la vulnerabilidad o el mal momento y los convierte en mercancía. Vale preguntarnos: ¿estamos maquilando la mercancía de las caídas ajenas? ¿Estaremos listos cuando —a nuestra manera— nos ocurra a nosotros?. Para pensarse.