Es septiembre y hay otro escándalo alrededor de Sydney Sweeney, actriz que ha construido una exitosa carrera alrededor de su sensualidad, belleza y el revuelo que puede provocar con ellas.
El año pasado discutíamos si sus “jeans” hacían guiños a la supremacía blanca. Ahora ha hecho enojar a muchas deportistas por aparecer, literalmente, en pelotas: balones y otros artefactos deportivos son lo único que la cubre en la publicidad de una compañía de “mercados de predicciones”.
Aquí brincan varias cosas. Nadie está explotando a esta mujer, eso queda claro, aun sin considerar que es socia del negocio que anuncia. Es adulta y puede hacer con su sexualidad lo que le parezca, pero eso me hace escuchar con más atención a las mujeres que han luchado por defender su lugar en el deporte y ser tomadas en serio.
Varias atletas olímpicas han expresado su frustración con que esto —con todo y su eslogan “Sólo son deportes”— sea la forma de representar a la mujer en el mundo atlético. Tienen razón: nunca han tenido los reflectores, el presupuesto ni, tristemente, el respeto que los hombres reciben en las grandes ligas. Y esto sí lo tendrá.
Sydney estrenó tres películas entre las dos campañas publicitarias. Y cuando interpretó a Christy, una gran boxeadora ni remotamente agraciada, la cinta fracasó monumentalmente en taquilla. Cuando interpretó a una joven sexy en The Housemaid —buen thriller, por cierto— llegó el éxito mundial.
Así que no pretendamos vivir en un mundo más evolucionado en publicidad que en cine. Lo que más me preocupa es que, mientras nos distraemos con las pelotas, no reparemos en que eso no es lo que se está vendiendo: el verdadero producto en cuestión es una plataforma donde se arriesga dinero real sobre resultados deportivos. Sexo más apuestas: cavernícolamente efectivo. Y no del todo deportivo.