En la desesperación por “no entrarle al mame” nos descubrimos diciendo cosas como: “No me gusta la música de Bad Bunny. Punto”. Perfecto. El gusto no es obligación.
¿Desde cuándo el desdén se volvió argumento? ¿En qué momento criticar sin entender empezó a darnos sensación de superioridad cultural? De superioridad, punto.
El medio tiempo del Supertazón no es un nicho, es la vitrina cultural más grande del planeta, y ahí estuvo Bad Bunny, el artista más escuchado, rompiendo récords y reafirmando su dominio en la industria. Eso no es mame. Es mercado, es industria.
También es momento político. En un año en el que la migración domina el discurso y Donald Trump coloca a ICE en el centro de su narrativa, cualquier expresión cultural latina en el escenario más visto del país se lee en clave ideológica. La reacción era predecible: orgullo para unos, provocación para otros. ¿Indiferencia?, difícilmente.
A mí no me tiene que gustar la música de Bad Bunny para reconocer lo que ocurrió ayer: una reconquista cultural que rebasa barreras sociales, y las destruye de golpe. Jugar a clases sociales con la careta de la música que nos gusta ya no funciona. Y qué bueno.
Pero una cosa es que el clima político cargue de significado un espectáculo y otra, asumir que todos los latinos pensamos igual o que un artista represente una agenda uniforme. No somos bloque homogéneo ni cultural ni políticamente. Y nuevamente, qué bueno.
Lo fácil es burlarse. Lo complejo es preguntarse por qué millones sí conectan y aceptar que nuestra experiencia personal —con filias y fobias— no es canon. La “alta cultura” tiene menos impacto que la popular en tiempos como este, así que vayamos entendiéndola.
No es mame, es conversación. Y esta vez ocurrió en el escenario más grande del mundo, pésele a quien le pese.