Espero que su algoritmo esté un poco más sanito que el mío, pero no puedo creer cuántos pleitos hay en los gimnasios respecto al “derecho de filmarse haciendo ejercicio” y dejar al resto del mundo sudar en paz.
Es todo un subgénero de creadores de contenido. Pero más allá de perder el tiempo viendo estas historias, sí hay una conversación más profunda sobre nuestra expectativa de privacidad en un mundo donde todos tienen el equipo perfecto para documentarlo todo.
Antes eran los profesionales del chisme; quien pretendiera tener una vida pública sabía que su privacidad sería cosa del pasado, pero hoy pareciera que llegó el momento del ajuste de cuentas. Y no está padre saber qué tanto participamos en venganzas sociales por entretenimiento.
Está el caso más obvio: Perez Hilton —quien se llama a sí mismo “el primer influencer” y ha dedicado su carrera a destruir vidas de famosas, particularmente durante sus crisis— sufrió una propia y gravísima, en vivo, en sus redes. Su familia pidió privacidad.
“No. No. No”. Esa fue la respuesta inmediata: si alguien no merece privacidad es él. O quien en televisión mexicana hable de vidas privadas hasta que meta su propia pata. O mil ejemplos más.
Pero lo de Perez fue espantoso, y no es que no merezca el escarnio. Creo que hay malas personas, lo que le sigue y luego él. Es más bien la cuestión de quiénes queremos ser nosotros al respecto.
¿Tal vez se vale aceptar que el morbo es un inevitable componente de nuestra naturaleza, respirar la ironía y tratar de no convertirnos en lo que tanto detestamos?
Yo lo intento. No me ayuda mi inconsciente ni mi algoritmo, que no son lo mismo pero a veces son iguales. Seguiré tratando.