Cuando Billie Eilish dijo en los Grammy: “No se puede ser ilegal en tierra robada”, la frase encendió aplausos. Las intenciones —no tengo la menor duda— son las correctas. Las implicaciones, ahí es donde la celebrada cantante podría usar contexto; la historia no es un eslogan.
La región de Los Ángeles fue territorio Tongva siglos antes de que existiera Estados Unidos y antes incluso de que California fuera México. Luego vinieron la colonización española, el periodo mexicano y la anexión estadunidense en 1848. Capas de conquista, herencia y despojo. “Fuck ICE”, su frase, es contundente y viene de un auténtico dolor.
Pero si hablamos de “tierra robada”, ¿dónde marcamos la línea histórica? ¿España? ¿Estados Unidos? ¿México como heredero colonial? ¿Y qué implica hoy habitar ese territorio? Ahí es donde muchos famosos —Eilish, sin duda— no están blindados ante la crítica de sus adversarios (que son más de los que esa burbuja imagina): si la tierra es robada, ¿cómo tiene propiedades millonarias en ella? ¿Cómo le discutes eso a los republicanos? ¿Cómo logras que el discurso de humanidad no se pierda ante semejante percepción de privilegio mal entendido?
Y sí, en el activismo durante la temporada de premios —que coincide más que nunca con tiempos de cruel violencia y visceralidad política— también importa quién habla. No es la misma experiencia histórica la de un Bad Bunny, cuya identidad nace de un territorio colonizado, que la de una estrella pop estadunidense multimillonaria. ¿Quién debe —y quién no— pronunciarse así para mantener coherencia moral? Eso solo lo pueden decidir ellos y sus conciencias. Pero sería deseable que algunos comprendieran historia y percepción en la era digital para anticipar cómo llegarán esos mensajes. Qué tan efectivos serán.
Las frases poderosas movilizan. Pero cuando se invoca la historia como argumento ético, la precisión y el contexto no son opcionales, y la credibilidad es un crédito demasiado fácil de perder con una frase bien intencionada, pero llena de fallas en su lógica.