Eran las 11:55 de la noche; dos amigos y yo estábamos perdidos en Nueva York, deseosos de realizar al fin un gran ritual. No había boletos y no íbamos ataviados como exigía la situación: botas de plataforma, corsé y medias de red. Cuando nos dijeron que sí alcanzaríamos a pasar a ver El show de terror de Rocky sentí que entraba a una deliciosa y perversa aventura con la que siempre había soñado.
Quería ver a Tim Curry interpretar al Dr. Frank-N-Furter, el dulce travesti de “transexual, Transilvania”, en la cinta de culto que me sabía de memoria, pero nunca había vivido con un público igual de excitado. Esa noche me inicié en una exploración de la sexualidad, de lo absurdo y del humor como nunca antes.
Años después, tras ver la obra con mil actores en el rol —no cuenta Timbiriche, esa fue una versión para niños—, debo decir que todo ello fue gracias al actor que ayer nos dejó a los 80 años.
Pero no era la primera vez que veía a Tim cantar y bailar como los dioses del mal. “Easy Street”, en Annie, donde él, Bernadette Peters y Carol Burnett bailan enloquecidos por el orfanatorio, es una coreografía que jugaba a montar en la primaria. Regresar a verla hoy me deja claro que fue uno de los momentos que me enamoró del teatro musical para siempre.
Es imposible resumir la carrera de este hombre a quien no le gustaban los payasos, pero creó al más tenebroso de todos: Pennywise en It de 1990. Cuando alguien de esa magnitud nos deja —y vaya semana espantosa—, nos queda el eco de las emociones que generó y la comunidad que, a veces tristemente, descubres que tenías en común al decir adiós.
Hay tres álbumes de rock, más de 30 películas y muchísimo teatro en los que siempre podremos verlo o escucharlo. Así que, como soñaba Frank-N-Furter, le deseamos buen camino a casa. Quedará siempre en el corazón de los millones de fans que ayer compartieron lo que significó para nosotros.