Durante décadas, Washington y Teherán han convivido en una relación hecha de sanciones, choques indirectos, amenazas cíclicas y rondas de diplomacia que se abren y se cierran como puertas giratorias. La diferencia ahora es que esa tensión, que antes se contenía en el lenguaje y en la periferia, se convirtió en una guerra cuya factura no se queda en la región. Y esa es precisamente la razón por la que esta decisión es mala: porque no solo castiga a Irán, también castiga al mundo, y lo hace por la vía más sensible, la energía.
Lo primero que delata el error no es una declaración política, es el movimiento de la materia. Si el Estrecho de Ormuz se vuelve impracticable, el planeta entero entra en modo pánico aunque nadie quiera pronunciar la palabra. Los reportes más recientes describen un atasco que deja prácticamente inmovilizados cerca de 15 millones de barriles diarios de crudo y 4.5 millones de barriles diarios de combustibles refinados. Esa cifra no es un detalle técnico, es la diferencia entre un mercado que discute excedentes y un mercado que teme escasez. En una semana, el Brent rebasó los 90 dólares por barril, un salto cercano al 30%. Eso es inflación con uniforme militar, pero sin necesidad de disparar una sola bala en tu país.
A partir de ahí, todo lo demás se encadena. Cuando el petróleo se encarece, no sube solo la gasolina: suben los fletes, los alimentos, los fertilizantes, la electricidad, el transporte público, la producción industrial, y también la ansiedad política. Los gobiernos importadores quedan atrapados entre dos opciones malas: subsidiar y vaciar las finanzas públicas, o trasladar el aumento al consumidor y encender la mecha social. Y lo más perverso es que el costo llega incluso cuando el precio baja un día o dos, porque la volatilidad también se paga. En guerra, la incertidumbre se convierte en prima permanente.
Luego aparece el segundo mecanismo que pocas columnas mencionan pero que manda más que los comunicados: el seguro marítimo. En los últimos días, las primas de riesgo de guerra para casco han saltado desde alrededor de 0.25% hasta niveles de 3% del valor del buque. Para barcos valuados entre 200 y 300 millones de dólares, eso implica hasta 7.5 millones de dólares por viaje solo por la cobertura adicional. Hay cerca de 25 mil millones de dólares en embarcaciones expuestas en el área y alrededor de mil barcos, la mitad tanqueros, siguen operando ahí. Cuando asegurar un barco cuesta como un rescate, la “libertad de navegación” deja de ser un principio y se vuelve un privilegio caro. Ese costo termina en el precio final de todo lo que consumes.
Y aunque algunos intenten tranquilizar diciendo que hay rutas alternas, lo que vemos es una carrera desesperada por improvisar bypasses que no alcanzan. Arabia Saudita ha incrementado envíos por el Mar Rojo hacia Yanbu, llegando a unos 1.9 millones de barriles diarios en los primeros días de marzo. Pero al mismo tiempo se reconoce que por Ormuz suele pasar un volumen muchísimo mayor, y que el desvío no compensa por completo. Además, la ruta del Mar Rojo no es un corredor neutro: también tiene riesgos y encarece fletes, con lo cual el “plan B” nace ya encarecido.
Esta es la razón central por la que la guerra no conviene al mundo: porque convierte la energía en un arma de contagio global. No importa si tu país no participa, no importa si tu gobierno
TALYA ISCAN
condena o aplaude, no importa si tu población está a miles de kilómetros. Si el petróleo y los combustibles refinados se estrangulan, la crisis se te sienta en la mesa con la forma de precios, escasez puntual, recortes industriales y tensión social. Y como siempre, los que menos margen tienen son los que más pagan: hogares con ingresos fijos, países con subsidios frágiles, economías que apenas salían de otras presiones inflacionarias.
La defensa política de estas guerras suele apoyarse en una idea simple: el costo de actuar hoy es menor que el costo de no actuar. Pero cuando la acción abre la posibilidad de una crisis energética mundial, ese argumento se derrumba por su propio peso. Porque ya no estás comparando un costo con otro, estás apostando la estabilidad de la vida cotidiana global a una promesa de control que rara vez se cumple. En la práctica, la guerra no reduce la incertidumbre: la multiplica. No corrige el mercado: lo enferma. No fortalece el orden: lo hace más dependiente del miedo.
Y entonces queda la pregunta que nadie quiere responder en voz alta: si una decisión estratégica provoca un shock de energía que amenaza con inflar precios, tensar gobiernos y frenar economías en todo el planeta, ¿cómo puede seguir vendiéndose como “seguridad” por parte de Estados Unidos y no como una mala apuesta que el mundo entero está obligado a financiar?