Antes del bote de basura

  • Me hierve el buche
  • Teresa Vilis

Jalisco /

Lo primero que vemos es el bote de basura. La bolsa. El parque. La foto final, obscena. Haber tirado un cuerpo donde se tiran cáscaras. Entonces, el mundo se ordena con indignación aparente. Un coro: “¿Cómo pudo?”. La pregunta tiene una ventaja muy tramposa. Se formula cuando ya todo pasó, cuando ya no hay que hacerse cargo de nada, salvo del coraje y de un click para leer la “noticia”.

No voy a discutir lo evidente. Dejar a un recién nacido en la basura, vivo o muerto, es atroz. No hay redención. Aunque me interesa menos el minuto del horror que las horas, los meses, los años que lo construyeron. El morbo es cómodo. Señala, normalmente, a una culpable y nos deja limpios. El análisis es incómodo. Muestra que el crimen no cae del cielo, que se cuece en una estufa sin gas, en una cama donde nadie descansa, en un cuerpo que se vuelve secreto por miedo.

Escribo aquí sobre lo que la sociedad decide no mirar. No lo digo desde la teoría. Trabajé un tiempo en la Fiscalía con mujeres desaparecidas. Hablé con cientos. Mujeres que se fueron por su propio pie, sí, pero no por aventura sino por supervivencia. Muchas iban embarazadas. Algunas ya tenían hijos que nunca pudieron amar. Mujeres golpeadas, violadas, atrapadas en adicciones que no nacieron de la fiesta sino del dolor. Mujeres que trabajaban para “la maña” y recibían más violencia, más control, más amenazas. ¿Y por qué estaban ahí? Por lo mismo por lo que mucha gente está donde no quiere estar, porque no había de otra.

En los casos de abandono de recién nacidos, las investigaciones no describen cuentos de villanas con risa malvada. Describen con frecuencia otra cosa: embarazos ocultos o negados, partos a solas, pánico, disociación, miedo al castigo familiar, económico y social. A veces enfermedad mental, a veces violencia doméstica, casi siempre aislamiento. No para absolver. Para entender el mecanismo. Porque si solo gritamos “monstruo”, seguimos produciendo las condiciones que vuelven posible al monstruo.

Ahí es donde la sociedad y el gobierno quedan desnudos. ¿Dónde está la puerta a la que una mujer pueda tocar sin ser lapidada? ¿Dónde la atención prenatal accesible, el refugio real, la protección contra el golpeador, la salud mental que no sea lujo, la educación sexual que no sea sermón? 

Los medios, como de costumbre, ayudan a fijar la escena final. Repiten la palabra “macabro”. Se detienen en el contenedor, en la bolsa, en el detalle. Lo hacen porque vende y porque es lo más fácil. El periodismo, cuando se toma en serio, no se conforma con describir el golpe. Pregunta por el puño que lo dio y por el sistema que lo entrenó. Intenta dar un panorama amplio.

Si de verdad nos importa esa bebé, no bastan las veladoras ni los titulares. Hay que mirar lo podrido antes del bote. Hay que incomodar a quienes toman decisiones y a quienes optan por no ver. Esto no es una anomalía, es una consecuencia.

Me llama la atención la facilidad con la que nos quedamos en el espanto visible para no tocar el fondo. Además, somos expertos en quedarnos tranquilos con el discurso que repiten, una y otra vez, todas esas noticias tan vacías y desalmadas. Me hierve el buche.


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