Con todo respeto

Jalisco /

Hay un mensaje en el chat de vecinos. Dice: “Con todo respeto”. Dice: “Llévenlos para otro lado”. Dice: “Me da miedo cuando salgo a pasear a mi perrito”.

El miedo.

Siempre el miedo como justificación, como muro, como puerta que se cierra.

Quiero quedarme un momento con las personas que asustan. No con el miedo de quien las mira, sino con ellas. Con lo que fueron antes de convertirse en el miedo de alguien.

Hubo una casa. Hubo una familia que después no pudo sostenerse. Hubo un trabajo que se fue. Hubo una enfermedad para la que no alcanzó el dinero. Hubo violencia, y una puerta que se abrió hacia afuera porque adentro ya no había espacio. Hubo un camión de regreso que no se pudo pagar. Hubo quien esperó que alguien regresara a buscarlo. Nadie regresó. Y la ciudad, que siempre parece tener lugar para todos, demostró que no.

Así se llega a la calle. No de un momento a otro. Por acumulación de pérdidas. Nadie traza esa ruta el día que nace.

La psicología tiene un nombre para eso. Es una ruptura de vínculos. Yo le llamaría simplemente quedarse sin red. Sin la red de palabras, de abrazos, de dinero, de techo que nos sostiene a todos aunque no la veamos. Una red invisible que solo notamos cuando ya no está.

En la Zona Metropolitana de Guadalajara son 2 mil 521 personas. El año pasado eran mil 300. En doce meses, casi el doble. Entre ellas, 86 niñas y niños. El gobierno dice que los datos son fluctuantes, que la pobreza se mueve. La pobreza siempre se mueve. Somos nosotros los que nos quedamos quietos, mirándola desde el chat de vecinos.

Zapopan no tiene albergues. Tlajomulco tampoco. Tonalá tampoco.

Los tres mandan a sus personas en situación de calle a los dos únicos refugios que existen en Guadalajara. El vecino quiere que los lleven para otro lado. Ya vienen de otro lado. Eso es lo que nadie en el chat quiere ver.

Lo que nadie quiere ver. Que la ciudad que construimos tiene grietas. Que por esas grietas caben personas. Que llevamos años mirando las grietas y llamándoles paisaje.

Vuelvo al perrito.

Sacar a pasear al perrito y tener miedo del hombre que duerme en la banqueta. Esa frase, sin quererlo, lo dice todo. Más empatía para quien ladra que para quien ya no pide nada.

¿Por qué nos dan miedo? No por lo que son. Por lo que nos recuerdan.

Nos recuerdan que llegamos a donde estamos también por suerte. Por una red que heredamos y que no controlamos. Nos recuerdan que el orden en el que vivimos es una promesa que el sistema no siempre cumple. Que entre tener todo y no tener nada hay distancias más cortas de lo que queremos admitir. Que la fragilidad no tiene dirección. Que no tiene nombre de colonia.

Son el espejo roto que nadie quiere recoger del suelo.

Preferimos barrerlo. O pedir que alguien se lo lleve, que lo suba a una patrulla, que lo conduzca a otro lado del mapa donde no perturbe.

Y entonces pedimos que los lleven. Para otro lado. Donde no los veamos. Donde no nos digan, sin palabras, lo que preferimos no saber de nosotros mismos. Me hierve el buche.


  • Teresa Vilis
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