El estómago tiene una manera peculiar de participar en la biografía. No habla, no escribe, no firma documentos, pero interviene. Lo hace con un lenguaje primitivo y a la vez sofisticado. Una quemadura interna que no se ve en los espejos y, sin embargo, modifica la postura, el humor, la forma en que uno se enfrenta a cada día. Hay órganos que trabajan en silencio y otros que, cuando deciden hacerse notar, transforman la rutina en una conversación acalorada. El estómago pertenece a esta segunda especie.
Durante mucho tiempo creemos que el cuerpo es un aliado incondicional, una herramienta dócil que se adapta a nuestros horarios y excesos. Lo tratamos como una libreta siempre disponible. Escribimos encima, borramos, volvemos a escribir. Llega un punto en que la libreta responde. No se queja con palabras. Pone una nota al margen hecha de ácido. La gastritis es esa nota. Breve, insistente, imposible de ignorar.
Hay quienes atribuyen ese ardor a la comida, al café, a los condimentos, al alcohol. Es una explicación práctica, casi tranquilizadora. Si el problema es el menú, basta con modificar la receta. Sin embargo, el estómago no sólo digiere alimentos. También procesa esperas, silencios, compromisos aceptados sin querer, corajes. Es un órgano que entiende las indirectas. Cuando algo no se dice, él lo mastica. Cuando algo se pospone, lo almacena.
Con los años se descubre que el cuerpo no es una máquina sino un narrador paralelo. Mientras la mente organiza planes y discursos, el organismo redacta otra versión de los hechos. La gastritis aparece entonces como una crónica involuntaria. Como una forma de registro que no busca culpables ni moralejas. Simplemente anota que el tiempo se vino encima, que la paciencia tiene límites y que la prisa tuvo consecuencias.
El ardor modifica la forma en que se ve el mundo. No vuelve a nadie dramático ni solemne, pero introduce una conciencia nueva, cada decisión pasa por un filtro interno que pregunta cuánto cuesta realmente seguir aceptándolo todo. La incomodidad deja de ser enemiga y se vuelve brújula. No señala destinos grandiosos. Apenas indica pequeñas rutas de dignidad cotidiana, desvíos mínimos que, sin anunciarse, cambian el trayecto.
El ardor no siempre exige grandes cambios. A veces se conforma con modificaciones mínimas: un desayuno sin urgencia, una negativa dicha a tiempo, una pausa que no se negocia. Son actos pequeños que adquieren la dimensión de un pacto secreto entre el cuerpo y la voluntad. No se trata de vencer al fuego sino de entender su origen.
La gastritis, vista así, deja de ser un inconveniente médico para convertirse en una señal. No teatraliza, no interrumpe, no pide protagonismo. Permanece. Es una luz tenue encendida en el interior, recordando que la biografía también se escribe con órganos y no sólo con fechas.
En esa claridad discreta se revela una lección. Vivir no consiste únicamente en sumar jornadas, sino en aprender a no tragarse el mundo entero de una sola vez. Y sí… me arde el buche.