La Minerva es bella

  • Me hierve el buche
  • Teresa Vilis

Jalisco /

A alguien se le ocurrió que la Minerva podía ser un paseo. No un lugar en el que se sobrevive, no un punto de paso obligado, no uno de los nudos viales más problemáticos de la ciudad, sino un paseo. Un sitio para caminar, para quedarse, para “disfrutar” la ciudad. Esa idea, tan limpia y tan ajena a la realidad, debió surgir en una oficina donde el tráfico se ve desde el Google Maps.

Vivo a unas cuadras de la Minerva y llevo meses rodeándola más que de costumbre para llegar a mi casa. Más vueltas, más rodeos, más paciencia impuesta. No es que antes fuera sencillo, sino que las obras la volvieron todavía más intrincada.

En las tardes el tránsito no avanza, se coagula. Cuarenta minutos para salir de ahí no es raro. Coches detenidos como animales cansados, cláxones berreando en un idioma que nadie entiende, miradas resignadas. No es solo mi mala suerte. Por esa glorieta pasan todos los días miles de vehículos, cientos cada hora, porque conecta algunas de las avenidas más importantes de Guadalajara. No es un barrio, es una arteria saturada desde hace décadas, por decir lo menos.

Aun así, alguien decidió que ahí hacía falta un paseo.

Un paseo supone pausa. Supone detenerse. La Minerva ofrece prisa, bocinas, ansiedad. Nadie pasea en un lugar del que necesita escapar. Nadie se queda donde el cuerpo solo piensa en cruzar rápido. Alguien insiste en lo contrario, parece que el problema es de actitud y no de diseño… mucho menos de presupuesto: hay dinero que “invertir” antes de que llegue ese Mundial tan cantado.

¿Qué se supone que uno haga ahí? ¿Caminar contemplando filas interminables de autos inmóviles? ¿Sentarse a escuchar el concierto perpetuo de pitidos? La experiencia urbana convertida en una instalación involuntaria donde el espectador y la víctima son la misma persona.

La Minerva siempre fue un punto de conflicto. Pensar que ahí podía afincarse la idea de esparcimiento no es ingenuidad, es una forma de pensar la ciudad como vitrina. Como escenario que debe verse bien aunque no funcione.

Israel Carranza habló del arreglo cosmético. Yo, además, pienso en el absurdo estructural. Cambiarle la cara a un problema sin tocar el fondo. Embellecer un embudo. Iluminar un tapón. El maquillaje no modifica la sustancia.

La ciudad nos vende la idea de que caminar entre coches es modernidad. Que la incomodidad, si se ve bien, puede llamarse disfrute. Seguro funciona para la foto oficial, para la toma aérea, para alguna comitiva escoltada. Para quienes vivimos ahí y para quienes solo intentan pasar, la anécdota es diferente.

La Minerva no es un paseo. Es una glorieta atiborrada a la que se le pidió que fingiera ser algo que no es. Obligarla a aparentarlo dice más de cómo se gobierna la ciudad que de cómo se camina en ella.

Eso sí, ahora se ve más bonita. Eso, al parecer, es lo importante.

Mientras tanto, seguimos girando. Y a mí, todos los días y definitivamente, me seguirá hirviendo el buche.


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