Los hombres lobo

  • Me hierve el buche
  • Teresa Vilis

Jalisco /

Los vi correr en cuatro patas y no me dio risa. Me dio la sensación desagradable de estar mirando el síntoma de algo inducido de forma involuntaria.

Tres adolescentes con máscara de lobo saltando en un parque, grabados por otro adolescente que probablemente no cree en nada, salvo en lo que dicen las redes sociales. La escena dura pocos segundos, pero ahí cabe una época entera.

Les llaman therian. Dicen que no es disfraz, que no es juego, que no es furry. Que su identidad es animal. Que su especie interior es zorro, lobo, felino, lagarto, perro. Que su manada está en línea. Que ahí sí pertenecen.

Nosotros, adultos civilizados, hacemos lo que mejor sabemos hacer: burlarnos. Nada nos tranquiliza más que ridiculizar lo que no entendemos. Además, hay algo muy preocupante: esta es la primera generación en décadas que no está superando intelectualmente a la anterior en pruebas básicas de habilidades. Lo dicen estudios internacionales. No despegan. No avanzan como antes. En algunos lugares retroceden. No es que sean incapaces por “default”. Sino que crecieron dentro de un experimento global de dopamina barata, precariedad estructural y ansiedad constante.

Les vendimos un mundo donde todo es urgente y nada es estable. Sin casa. Sin pensión. Sin horizonte colectivo. Sin relato épico. Sin adultos creíbles.

Esa es otra herencia maldita. Figuras públicas caídas, instituciones corroídas, líderes que prometen y se desmoronan. Crecieron viendo que casi todo es performance. Que el éxito es pose. Que la indignación es mercancía. ¿Cómo no desconfiar de la versión oficial de la realidad cuando la realidad parece un montaje permanente? ¿De verdad nos sorprende que algunos decidan ser lobos?

Antes, los jóvenes querían cambiar el sistema. Ahora quieren escapar del sistema. Cuando no hay revolución posible, hay mutación simbólica. Si no puedes pertenecer a una sociedad que no te ofrece futuro, perteneces a una manada imaginaria. Es más honesto que fingir entusiasmo por un empleo que odias y cuya remuneración no te alcanzará ni para pagar la renta.

Nos alarma el quadrobics en el parque, pero no el colapso ambiental que heredaron. Nos parece grotesca la cola de zorro, pero no la idea de trabajar cuarenta años para sobrevivir. Nos inquieta que digan que son animales, pero no que el mercado los trate como fichas.

Quizá también hay algo más. Esta fascinación por lo animal no habla solo de escape, sino de intuición. Los animales no pagan renta. No construyen currículos. No compiten por likes. Viven en manada, se orientan por instinto, reconocen jerarquías claras. En una era saturada de ambigüedad moral y competencia permanente, lo animal puede parecer más coherente que lo humano.

Y claro que me parece extravagante. Y claro que me resulta muy extraño. No voy a romantizarlo. Hay algo de locura en declararse lobo en un mundo que necesita ciudadanos críticos y no escapistas simbólicos. También hay algo profundamente desesperado.

Quizá no quieren dejar de ser humanos. Quizá quieren dejar de habitar la versión de humanidad que les ofrecimos. Si eso no nos molesta más que una máscara de plástico, entonces el problema no está en los adolescentes que corren en cuatro patas. Está en los adultos que seguimos caminando erguidos hacia ningún lado. Me hierve el buche.


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