No es un líder ni un estadista ni un error pasajero. Es un sapo. Un sapo inflado, viscoso, convencido de que su hinchazón es poder y de que el veneno que segrega es carácter. No gobierna con ideas. Gobierna a gritos, ataques bélicos y repetición. Algunas veces, muy pocas, se cansa y deja de croar. Maldito sapo.
El sapo se infla cuando lo miran y se infla más cuando lo contradicen. Confunde autoridad con ruido y ley con estorbo. Para él, mandar es intimidar y gobernar es ocupar el centro del espacio público para que nadie más pueda hablar sin pedir permiso. No corrige. Reincide. No aprende. Insiste.
Su autoridad moral no es débil, es inexistente. Habla de orden mientras desacredita elecciones cuando no le favorecen. Habla de justicia mientras acumula procesos, condenas civiles y acusaciones penales. Habla de legalidad mientras trata documentos públicos como propiedad privada y la información sensible como botín. Esa es su estrategia. Maldito sapo.
El rastro que deja es reconocible. Instituciones desgastadas por mentiras. Mujeres insultadas y luego difamadas. Migrantes convertidos en amenaza utilitaria. La crueldad elevada a política pública. Amenazas a países que ya ven el amedrentamiento como lenguaje de Estado. El sapo no gobierna pese a todo eso. Gobierna con todo eso.
Como muchos sapos ponzoñosos, no ataca de frente. Contamina. El agua se enturbia. Las palabras pierden sentido. La violencia verbal se vuelve rutina y la física empieza a parecer una consecuencia lógica. No necesita cumplir todas sus amenazas. Le basta con mantenerlas flotando en el aire, infladas, como advertencia permanente. Maldito sapo.
Aquí aparece el verdadero peligro. No es solo lo que hace, sino lo que nos obliga a hacer a los demás. Hablarle despacio. Ceder terreno. Ajustar leyes, discursos y silencios para no alterarlo. Reorganizar el mundo para que su hinchazón no reviente. Nos movemos nosotros para que quepa. Asumimos su presencia: puede ser algo incómodo, pero es inevitable.
Eso es lo nuevo y lo grave. El poder sin frenos internos convierte la incertidumbre en sistema. Enseña que la ley obstaculiza, que la mentira funciona y que la atrocidad rinde frutos. Mientras discutimos si exagera o si es retórica, el entorno ya cambió. El precedente quedó. Veremos lo que viene…
¿Qué nos queda entonces? No la ingenuidad ni la esperanza automática en que las instituciones se bastan solas. Nos queda no colaborar con el temor. No adaptar el mundo a su volumen. Nombrar el daño sin suavizarlo. Defender límites concretos. Y, sobre todo, no acostumbrarnos. El agotamiento es su comida.
Es terrible que existan sapos así. En los pantanos abundan. Es todavía más aberrante haberle entregado el charco completo y aprender a vivir rodeándolo. Eso sí es nuevo. Eso sí da miedo.
En esta ocasión el sapo tiene nombre y se llama Donald Trump. Me hierve el buche.
Maldito sapo.