Finalizamos la serie de opiniones alrededor de las contradicciones en el crecimiento de la zona sur del Área Metropolitana de Monterrey, en particular al municipio de Santiago. Anteriormente cuestionábamos cómo nos encontramos frente a una gentrificación ecológica que además de desplazar a la flora y fauna local, el territorio se ve como dispensador de efectivo y no como un sistema vivo y finito.
La paradoja se agudiza cuando analizamos la aparición de islas de privilegio. Se trata de espacios residenciales conglomerados con los principales servicios de lujo y con una infraestructura pública que las sostiene. Estos complejos de superlujo operan bajo una lógica de privatización del espacio, pero dependen enteramente de recursos y redes municipales y estatales de servicios que se encuentran en un estado de crisis.No sólo se trata de la destrucción del paisaje y la estética visual, que ya es mucho decir, sino de lo que esto implica: alteración de las corrientes de agua y aumento de la extracción hídrica sumada al agua que ya es conducida a la metrópoli. Además, entrar y salir de la ciudad por la carretera Nacional consume cada vez más tiempo e incrementa la contaminación. ¿Y el transporte público? Las autoridades municipales, las constructoras y quienes deciden cambiar su residencia al Cañón del Huajuco no contemplan ni para el presente ni para el futuro aliviar la carga vehicular con transporte público eficiente y de calidad.
El paisaje montañoso que ha sido un pulmón identitario para la región hoy vive tiempos críticos, sirve de telón de fondo para una puesta en escena de exclusividad y opulencia. Fraccionamientos privados con accesos restringidos, agencias de autos de gama alta, campos de golf que desafían la aridez del entorno, colegios bilingües exclusivos y centros comerciales a cielo abierto repletos de firmas internacionales. Todo diseñado para un sector de la población que ha decidido comprar su salida de la crisis urbana de la metrópoli, sin darse cuenta de sus consecuencias. En un ejercicio cartográfico, detectamos que tan sólo en una distancia de 15 km a lo largo de la carretera Nacional, existen más opciones de salones de eventos y recreación que incluyen canchas de pádel, clubes ecuestres, de golf y clubes deportivos, que escuelas y hospitales. Así como un clúster comercial de lujo. Se trata de opciones con restaurantes, cafeterías, galerías y tiendas de ropa de marcas reconocidas internacionalmente.
Esta infraestructura turística y residencial se erige sobre el último reducto de aire limpio y comunión con la naturaleza de la ciudad de Monterrey. Sin embargo, para construir esos santuarios del privilegio, el capital inmobiliario primero debe devastar el entorno soñado que promete entregar. Los servicios turísticos de la zona ya no apuntan al paseo tradicional del regiomontano que buscaba unas glorias, un pan de elote o un descanso junto a la presa de La Boca. Hoy la oferta se ha sofisticado para el consumo notable: restaurantes de autor con precios exorbitantes, y experiencias de ***glamping*** que privatizan los accesos a los parajes naturales. El espacio público cada vez es menor; si no tienes capacidad de gasto, el área del Cañón del Huajuco se vuelve un territorio hostil, un paisaje que sólo se permite mirar a través de los cristales del automóvil mientras transitas de paso.
El Cañón del Huajuco no necesita más centros comerciales de primer mundo ni más fraccionamientos con lagos artificiales. Necesítanos urgencia climática, justicia social y límites claros a la voracidad inmobiliaria. La gentrificación aquí no sólo es ecológica, es una división de clases perfectamente pavimentada.
Gustavo Vázquez y Camilo Contreras
El Colegio de la Frontera Norte Unidad Monterrey
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