Niñez que trabaja, infancias que no son

Monterrey /
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A diario, en distintos lugares del mundo, hay niñas y niños que salen de casa para enfrentarse a una jornada que comienza demasiado pronto. Caminan hacia las calles, los mercados, los campos o algún espacio donde puedan realizar una actividad a cambio de un ingreso. Algunos buscan contribuir a la economía familiar; otros han crecido en contextos donde trabajar forma parte de su vida cotidiana. Mientras muchos niños estudian y juegan, millones de menores realizan actividades propias de los adultos.

Las infancias que trabajan tienen distintos rostros y ocurren en contextos diversos. Pueden hacerse visibles en un crucero, detrás de un mostrador, en una parcela o dentro del propio hogar, donde ciertas actividades pueden afectar su bienestar. Algunas permanecen expuestas a las condiciones de la calle, mientras otras realizan labores lejos de la mirada pública. En estos escenarios, con frecuencia enfrentan situaciones de inseguridad y utilizan el tiempo que deberían dedicar a su educación, descanso, juego y desarrollo integral.

A nivel mundial, Unicef y la Organización Internacional del Trabajo estimaron que, en 2024, casi 138 millones de niñas y niños de entre cinco y 17 años se encontraban en situación de trabajo infantil. De ellos, alrededor de 54 millones realizaban trabajos peligrosos y, entre 2020 y 2024, la cifra disminuyó en más de 22 millones, mientras que el objetivo internacional de eliminar el trabajo infantil para 2025 quedó lejos de cumplirse.

México forma parte de este panorama, aunque conocer su dimensión actual representa un reto. La estadística nacional más reciente publicada por el Instituto Nacional de Estadística y Geografía corresponde a 2022. Ese año, la Encuesta Nacional de Trabajo Infantil estimó que 3.7 millones de niñas, niños y adolescentes de entre cinco y 17 años se encontraban en situación de trabajo infantil, equivalentes al 13.1% de ese grupo de edad. Esta cifra permite dimensionar el problema, pero corresponde a una medición realizada hace cuatro años.

El marco normativo mexicano establece una protección especial para los menores trabajadores, mediante medidas que buscan proteger su salud, seguridad y desarrollo, y prohíbe emplear a personas menores de 15 años. Sin embargo, la realidad medida por el Inegi evidencia que millones de menores continúan realizando actividades consideradas como trabajo infantil.

Detrás de este fenómeno existen condiciones relacionadas con la pobreza, la desigualdad y la precariedad laboral. Para algunas familias, el ingreso obtenido por sus integrantes menores puede representar un recurso frente a las necesidades cotidianas; en otros casos intervienen procesos de movilidad, migración y situaciones que incrementan la vulnerabilidad de los hogares. Comprender estas circunstancias permite mirar el problema desde sus causas y construir respuestas que acompañen a las familias, fortalezcan sus oportunidades económicas y protejan los derechos de la infancia.

Garantizar los derechos de niñas, niños y adolescentes requiere corresponsabilidad. La familia, como primer espacio de cuidado, tiene la responsabilidad de velar por su bienestar, protección y desarrollo integral. El Estado debe generar las condiciones que permitan a las familias cumplir con esa tarea e implementar políticas públicas que identifiquen situaciones de riesgo, favorezcan la permanencia escolar y promuevan entornos seguros. La protección requiere atender las circunstancias que rodean a cada familia y construir alternativas para que las infancias puedan desarrollarse lejos de situaciones que comprometan sus derechos.

Como sociedad, también somos corresponsables. La indiferencia ante niñas, niños y adolescentes trabajando en cruceros o calles puede convertir una vulneración de derechos en una escena cotidiana que termina por normalizarse. Frente a ello, necesitamos involucrarnos en nuestras comunidades, exigir políticas públicas eficaces y fortalecer a las organizaciones que acompañan a familias en situación de vulnerabilidad. Detrás de cada cifra existe una infancia que merece crecer con protección, oportunidades y tiempo para vivir plenamente esa etapa. El desafío es dejar de mirar el trabajo infantil como parte del paisaje y asumir nuestra responsabilidad frente a una realidad que nos interpela: Niñez que trabaja, infancias que no son. 

Rosa Isabel Medina Parra

El Colegio de la Frontera Norte-Unidad Ciudad Juárez

*Las opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de quien escribe. Y no representa un posicionamiento de El Colegio de la Frontera Norte.


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