No hubo un no

Monterrey /

Convulsionado. Cada vez que me he topado con esa palabra en algún texto, me queda la misma duda, ¿qué significa que algo esté convulsionado? La economía actual está convulsionada o la sociedad contemporánea está convulsionada… ¿Qué implica?, ¿caos?, ¿paradoja?, ¿contradicción? Apenas lo comprendí el sábado pasado.

El 9 de mayo subí al Metro muy temprano. Íbamos como sardinas en el vagón rosa. Me tocó un tren de los viejos, sin clima. Hacía mucho calor. Luego subió una mujer mayor. Rápido, se oyó una voz que dijo: “¿Alguien que le ceda su lugar a la señora?”. Nadie respondió ni se levantó. Una segunda voz insistió: “Por favor, es una señora mayor, ¿alguien que le ceda su asiento?”. Una mujer joven respondió: “Ella puede tener mi lugar, me voy a bajar en tres estaciones”.

Su respuesta provocó acalorados cuestionamientos acerca de por qué esperar tres estaciones. “Si vas a ceder el asiento, cédelo ahora”, “La señora tiene preferencia”. Una y otra vez, la joven sonrió y respondió: “Sí, ya casi me bajo”. Al borde de la violencia en el vagón, la joven finalmente bajó en su estación y la señora pudo sentarse. No daba crédito a lo que acababa de presenciar, ¿qué fue eso? No fue simple egoísmo. No hubo un no. Hubo un sí. Sonriente, además. Condicionado a criterios contingentes, que vaciaron el sentido de viajar en un vagón con derechos preferenciales para mujeres, personas adultas mayores y discapacitadas.

Así llegué a la Macroplaza en un estado de profunda confusión. Me disponía a reunirme con integrantes de más de 90 colectivos, de Nuevo León, Coahuila y Tamaulipas. Quienes, en conjunto, organizaron un frente regional para manifestarse pacíficamente contra el fracking, afuera del Palacio de Gobierno. Las personas fueron llegando con sus carteles, camisetas, tambores y consignas. En la puerta del Palacio, la cantidad de policías aumentaba.

Tres hombres vestidos como civiles salieron de allí y comenzaron a fotografiarnos. “Siempre nos toman fotos”, dijo un joven. “Me han tomado tantas fotos, que yo creo que ya tienen un expediente mío en algún lugar”, dijo una chica. “No te preocupes”, me dijeron ambos, “es mejor no interactuar ‘con las orejas’ del Gobierno, para que no escale la cosa”. La manifestación comenzó y terminó sin altercados. Saldo blanco. Tal vez, por esa razón, pensemos que no hubo violencia.

Durante la protesta tres personas tomaron el micrófono, explicaron, apoyados en reportes científicos, por qué la fracturación hidráulica es una actividad extractiva que conlleva serios riesgos para el bienestar social y ambiental, entre éstos, los peligros asociados y agravados por las condiciones hidrológicas tan características del noreste: sequía y escasez. “No existe el fracking sustentable”, afirmaron. “No al fracking”, coreaban.

Se recogieron las mantas. Se apagaron los micrófonos. Los tres hombres vestidos de civiles se fueron por caminos separados con sus teléfonos pegados al oído. Yo regresé al Metro. Encontré un asiento libre, lo pasé de largo. Allí comprendí que lo convulsionado es la coordinación espasmódica entre lo que decimos, lo que defendemos y lo que finalmente hacemos. Nadie dijo que la señora no merecía sentarse. Nadie prohibió la protesta. Nadie diría abiertamente que el agua y el ambiente no importan. Y, sin embargo, en algún punto entre el “sí, pero…” del vagón rosa, la “vigilancia preventiva” de los hombres vestidos de civiles, y el oxímoron “fracking sustentable”, el sentido tiembla. 

Yeminá Samaniego*

* Las opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de quien escribe. No representa un posicionamiento de El Colegio de la Frontera Norte
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