Hace apenas unos días se cumplió un año de la partida de Luna.
Quienes han tenido un perro saben perfectamente que llega un momento donde dejan de ser mascotas. Se convierten en rutina, compañía, presencia. En silencios compartidos. En algo parecido a una pequeña estabilidad emocional caminando por la casa.
Hace aproximadamente un mes ocurrió algo extraño y doloroso con Dug, su viejo compañero de historia. Desapareció.
Y aunque uno intenta convencerse de muchas cosas para no pensar demasiado, sigo creyendo que alguien se lo llevó. Quizá pensando que todavía era un perro fuerte, útil o atractivo. Después apareció abandonado sobre avenida Hidalgo, viejo, cansado y desorientado entre el tráfico y el ruido de una de las vialidades más transitadas de la zona.
Pero entonces ocurrió algo que todavía vale la pena contar en un país acostumbrado a las malas noticias.
La gente ayudó.
Personas comprometidas con la causa animal, comenzaron a compartir fotografías, mover publicaciones, avisar ubicaciones y tratar de resguardarlo hasta que finalmente logramos recuperarlo.
Uno a veces olvida la enorme cantidad de humanidad que todavía existe alrededor de los perros.
Anoche, mientras caminaba por una calle cualquiera, un perro apareció de la nada y comenzó a seguirme.
Blanco, mediano, noble. De esos animales que transmiten inmediatamente la sensación de estar perdidos.
Quizá porque hace un mes conocí esa angustia desde el otro lado.
Le tomé unas fotografías y se las envié a Luis Trujillo, un amigo que tiene una especie de vocación silenciosa por ayudar perros. De esas personas que parecen tener más contactos para rescatar animales que muchos gobiernos para resolver problemas públicos.
Menos de veinte minutos después, el perro ya tenía nombre, historia y dueña.
“Manchas”.
Minutos más tarde recibí la llamada. Luego vino el encuentro. La emoción. El alivio.
Y mientras veía a Manchas regresar con su familia, pensé en algo curioso: tal vez este país no sobrevive únicamente por instituciones, partidos o discursos.
Sobrevive gracias a pequeñas cadenas de personas que todavía deciden ayudar aunque no conozcan al otro.
En tiempos donde la violencia, el miedo y la desconfianza parecen ocuparlo todo, resulta extraño descubrir que muchos de los momentos más humanos siguen ocurriendo alrededor de un perro perdido.
La empatía también necesita caminar por la calle para no extinguirse.