Juventud: el algoritmo de la apatía

Tamaulipas /
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Nuestros padres y abuelos recuerdan una juventud que, por definición, incomodaba. En las décadas pasadas, ser joven equivalía a ir a contracorriente, a alterar el orden establecido y a criticar un sistema asfixiante.

Había un impulso casi biológico por desafiar el relato oficial.

Hoy, a la distancia y en la víspera de otro Día Internacional de la Juventud, la postal es drásticamente distinta.

Lo que predomina en el ambiente es una suerte de indiferencia generalizada; en donde la comodidad del entorno digital parece haber anestesiado el espíritu contestatario de las nuevas generaciones.

No se trata de generalizar a rajatabla ni de exigir el regreso de hordas violentas que incendien las calles para hacer valer sus posturas.

La violencia nunca ha sido sinónimo de propuesta.

Sería injusto, además, ignorar a esa minoría brillante de jóvenes que hoy muestran un compromiso genuino con sus comunidades, que rescatan espacios públicos, que defienden causas ambientales o que lideran proyectos sociales desde la trinchera local.

Lamentablemente son los menos. Son excepciones flotando en un océano de pasividad.

Por eso resuena con tanta ironía el discurso institucional.

El Secretario General de la ONU, António Guterres, declaró que "los jóvenes ya están marcando el camino como organizadores e innovadores", pero advirtió que necesitan acceso a competencias como "el pensamiento crítico y la alfabetización digital".

Ahí está el verdadero cortocircuito mexicano. A nuestra generación actual no le falta alfabetización digital; le sobra conectividad. Lo que parece haberse extraviado en el camino es, precisamente, ese pensamiento crítico del que habla el líder de Naciones Unidas.

El grueso de las juventudes parece atrapado en una actitud alarmantemente permisiva y dócil. Están hiperconectados, pero políticamente desmovilizados.

El sistema ya no necesita diseñar mecanismos de censura; el propio algoritmo de las redes sociales se encarga de autorregularlos, ofreciéndoles dosis diarias de indignación efímera de 15 segundos que se disuelve con el siguiente scroll.

Es hora de que despierten del letargo. No para incendiar las calles, sino para recuperar la incomodidad de pensar, cuestionar y disentir.

Y México necesita, otra vez, una juventud que no se conforme con mirar la pantalla, sino que se atreva a incomodar al poder.


  • Víctor Hugo Martínez

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